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  • Y navegar… era jugar con el viento

  • “…cuando ya estamos ahí, en el lejos, descubrimos que nunca nos hemos movido” -Tomás Eloy Martínez

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  • La imagen guardada de aquellos días es la de una ciudad distinta y alejada de todo lo que algún día podría llegar a ser; que se encomienda a un santo, San Sebastián, que lo mismo veneran la iglesia católica y la ortodoxa en una extraña simbiosis, una ambivalencia extraña como esa ciudad que es también puerto. No de balde es el santo al que esta mini urbe dice encomendarse.

    En los exhibidores de una tienda que un día triste no volvió a levantar sus cortinas metálicas estaban, en los setentas, los discos del momento. Esos hoy retornados discos de larga duración a los que el uso llamaba y acaso hoy llame, Lp’s; un “long play” que giraba a 33 y 1/3 de revoluciones por minuto y que tenían dos lados, A y B; totalmente diferentes a los discos compactos de hoy, casi objeto de colección ante la existencia de Itunes que alberga miles de melodías; casi tantas como Spotify o cualquier otra forma moderna de conservar y escuchar música. No por nada alguien se admira de la costumbre, al parecer una manía pre moderna, de comprar discos compactos.

    Hace muchos años, mediados de los setentas, lo tecnológico era diferente; los consumidores en general tenían otros hábitos y cabía la posibilidad de que la música y el libro lo encontrasen a éste e iniciaran así una larga andadura.

    Así pasó con Joan Manuel Serrat y su inolvidable Mediterráneo, que conservo en casi todas las formas posibles excepto, claro, el Lp, que la continua reproducción en la consola, esas enormes cajas de madera donde se escuchaban los discos o el radio [AM, FM y onda corta] e incluso tenían un espacio para guardarlos, “rayó” con la aguja de diamante, esto es, lo inutilizó.

    Mediterráneo, el mejor disco de Serrat dicen los expertos, me encontró. Alguien había tenido a bien regalarme un Lp titulado “Jugo de hits”; una serie de canciones en inglés con grupos americanos y londinenses que no me atrajo. Agradecí el regalo pero fui a la tienda a cambiarlo. Cuando vi la portada del disco de Serrat opté sin duda por éste. ¿Qué cantaba? No lo tenía muy claro, pero hablaba, según el título, del mar, del Mediterráneo. De ese mar que antes los niños de primaria sabían que existía y que bañaba las costas de una porción de tierra titulada “Europa”, a la que Carlos Santana inmortalizó por si acaso falta hiciera en una de sus mejores composiciones. ¿Han escuchado la versión que al sax hace Gato Barbieri de “Europa”? ¿No? ¡No saben lo que se han perdido!

    Escuchar Mediterráneo fue y es una epifanía. “Quizás porque mi niñez/sigue jugando en tu playa…” cantaba el Nano con su voz siempre nasal usando palabras y formas –luego supe se llamaban poéticas— cuyo sentido último no alcanzaba a entender: “Yo, que en la piel tengo el sabor/amargo del llanto eterno/que han vertido en ti cien pueblos/de Algeciras a Estambul/para que pintes de azul/sus largas noches de invierno./ A fuerza de desventuras,/tu alma es profunda y oscura”, cantaba entonces y lo sigue haciendo Serrat.

    No entendí entonces muy claramente lo que quería decir Serrat en: Aquellas pequeñas cosas, La mujer que yo quiero, Barquito de papel, Lucía o Vagabundear, aunque ésta desde un principio me pareció contundente: “Como un cometa de caña y de papel,/me iré tras una nube, pa’ serle fiel/a los montes, los ríos, el sol y el mar”; cosas que estaban al alcance de uno y siguen estándolo sin mayor trámite.

    Empero, Mediterráneo era, así con mayúsculas, La Canción. “En la ladera de un monte,/más alto que el horizonte./Quiero tener buena vista./Mi cuerpo será camino,/le daré verde a los pinos/y amarillo a la genista…/Cerca del mar. Porque yo/nací en el Mediterráneo…”, y para mí, el Mediterráneo que seguramente moriré sin conocer cara a cara, era esa porción del Atlántico desde la cual siempre me ha parecido se puede ver, con un poco de imaginación, la otra orilla: España, el Mediterráneo, pensando que quizás en ese extremo del mundo, alguien más piensa que en el otro extremo para sí contraria, hay alguien. El sentido común nos dice que sí, que en efecto, en aquel punto lejano y difuso, alguien ve el mar, ve su Mediterráneo y quizás piensa –aquí ya no hay sentido común sino un poco de mala poesía— que hay alguien más allá del horizonte que se otea.

    Los años cambian las perspectivas y el famoso disco de Mediterráneo dice hoy con claridad las cosas que antes eran confusas, aunque en realidad Serrat siempre las dijo. Antes, a los 12 o 13 años, no se tenía una idea diáfana de éstas aunque se hubiera conquistado la Malasia con Salgari, ido a la luna con Verne, platicado con Platero, cruzado los Apeninos con Amicis y muchas otras aventuras vividas desde un sofá, un sillón o la silla de algún café cuando ya hubo tiempo, edad y dinero. Hoy, me dicen, todo está en Google, ese extraño panóptico que busca imitar, sin éxito, el Aleph borgesiano.

    Tengo dudas más o menos fundadas de si en efecto todo está Google; en internet, los bytes y el wifi. Mientras tales dudas se resuelven o no, sigo escapándome al mar mientras bajito, muy bajito, intento cantar Mediterráneo y al volver de ese extravío, convencido de que: “si un día para mi mal/viene a buscarme la parca. [Quiero que empujen]…/al mar mi barca/con un levante otoñal/y [dejen] que el temporal/desguace sus alas blancas…”, mientras un eco lejano de aquel mediterráneo vuelve con la voz de Serrat y concluye con la poesía de León Felipe: “Por la manchega llanura/se vuelve a ver la figura/de Don Quijote pasar./Va cargado de amargura,/va, vencido, el caballero de retorno a su lugar”.

    Todo esto, claro, sin dejar de pensar –cosas imposibles todo hemos pedido alguna vez— que “mi niñez/sigue jugando en tu playa…”, en ese panóptico del pasado, el presente y acaso del futuro que Serrat me enseñó alguna vez que existía “entre la playa y el cielo” en una memorable aporía musical más que filosófica mucho antes que el polvo de los tiempos, las muchas derrotas, los pocos éxitos y la armadura abollada volvieran a treparme a un “Barquito de papel,/sin nombre, sin patrón/y sin bandera,/navegando sin timón/donde la corriente quiera” para llegar así al Anaquel de cada jueves, provisto de las pequeñas cosas que todavía se encuentran, por fortuna, en el cajón de la memoria sin fecha de caducidad.

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