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  • El simbolismo de un viaje resume una búsqueda

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  • El simbolismo de un viaje resume una búsqueda. Algunos van detrás de la verdad, otros de la paz, de la inmortalidad o al encuentro del centro espiritual. El viajero inicia la travesía con una intención y con un destino en mente al cual se desea llegar para alcanzar el objetivo trazado. En esa condición, el desplazamiento se convierte en un signo de anhelo perpetuo en el que el cálculo y la planeación están sujetos a llegar a la meta. El Hombre siente seguridad al conocer las rutas que lo llevarán a encontrarse con aquello que es el motivo que lo lleva a volar por los aires, caminar por las laderas de una montaña, descender un abismo, escalar un risco o hacerse a la mar.

    Sí, la planeación da seguridad y también causa mucha angustia. Sucede que, a pesar de que hemos calculado todos los pasos, estudiado las alternativas, medido los riesgos y sopesado las amenazas, siempre hay algo que nos distrae o que nos desvía. Es irremediable. Entonces, sentimos que los planes se van por la borda y nos martirizamos pensando en que no lograremos llegar a la meta. Es tanta la esperanza que ponemos en alcanzar el anhelo, que cualquier desvío nos parece fatal. La frecuencia con la que nos agobiamos por que las cosas se salieron de carril o dimos una vuelta en falso y que el tremendismo nos llevó a sobreestimar la catástrofe, ha hecho que grandes maravillas se queden en buenas intenciones porque nos dimos por vencidos antes de tiempo.

    Por eso me gustan las Velellas. Esos hidrozoídos tan pequeños que pueden parecer insignificantes. Son pequeños círculos gelatinosos de azul profundo. Por debajo tienen una discreta estructura de tentáculos que utilizan para atrapar el plancton que las alimenta. Toman lo que necesitan y con ello se complacen. Por la parte superior tienen una especie de vela que les sirve para atrapar el viento y les da propulsión sobre la superficie del mar.

    Las Velellas no tienen programas ni procedimientos definidos. No tienen medios de locución, dependen de esta extremidad triangular que hace las veces de vela, van a merced del viento para deslizarse por los mares y, por lo mismo, están sujetas a varamientos masivos en las playas del mundo. Ahí está la maravilla de estos seres. Cada año, por esta época, cuando la Primavera está a punto de convertirse en Verano, las playas que van desde la Columbia Británica hasta California reciben hordas de estos simpáticos visitantes. ¿Cómo le hacen para llegar puntuales a la cita anual?

    Estas lágrimas de mar tienen una morfología muy sencilla: cavidad gastrovascular, diversos canales radiales, que pueden continuarse dentro de los tentáculos y un organismo formado aproximadamente por un 96 % de agua. No hay cerebro que las atormente. No hay un proceso reflexivo que les haga ver que se están alejando o acercando al destino, que se están desviando de la meta. No obstante, cada año llegan a la meta y lo hacen en forma puntual.

    Las playas de la Costa Oeste de los Estados Unidos y de las Bajas Californias reciben miles de millones de marineros púrpuras que llegaron sin sextante ni cartas marítimas. Las velas de mar parecen una gran alfombra que según los rayos del sol, a veces brillan en tonos púrpura y otras en azul tan intenso. Son agrupaciones de globos marinos que llegan a reposar a las playas californianas que son precisas al extremo para llegar a una cita que ellas hicieron con ellas mismas.

    El misterio de orientación de estos seres tan simples que se dejan llevar por el mar y se guían por sus instintos es glorioso. Estos seres tan llanos recorren los kilómetros, evaden los peligros, van a su ritmo y en su rumbo, suben a la cresta de las olas, bajan a sus valles y después de resistir los asaltos del viaje, llegan sanas y salvas a su destino.

    Desde esta perspectiva, las velellas parecen tener un aura que las protege, que las ayuda a acomodarse para evitar los peligros y evitar las asechanzas del mar. En esta simpleza, se erigen como un símbolo de seguridad. Son figuras de viajeros exitosos que superan la prueba de la travesía y, a pesar de los avatares del camino, llegan.

    En esa pequeña medusa podemos encontrar valor, ese que nos da la emoción de traspasar la tormenta y lograr la alianza que nos trae el arco iris. Llegar quiere decir, alcanzar lo que se buscó o, como dicen los orientales: la travesía debe acabar siempre en la gran paz. Y, a veces, es bueno recordar que lo único que tenemos que hacer para llegar es desplegar las velas, cerrar los ojos y dejar que el viento nos lleve a dónde tenemos que llegar.

     

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