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  • Cecilia Durán Mena
  • Una pequeña precisión

  • Es importante no mezclar la gimnasia con la magnesia

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  • Resulta que hemos adquirido la fea manía de agarrarla contra el empresariado. Miramos con recelo a los que inician un emprendimiento y nos da comezón ese sector productivo de la población. Nos ha dado por creer que nos deben algo y que en esa condición estamos en derecho de írselas a cobrar. Sin embargo, mi pregunta es ¿qué es lo que despierta ese resentimiento?

    Sin duda, parte de la explicación es la noción de que son pocos los que tienen mucho, tal vez demasiado, incluso tanto que no se lo acabarán ni en generaciones; mientras que por otro lado hay muchísimos que tienen poco, y es muy lastimoso ver que hay gente con tantas carencias que no tiene ni para comer. Nos da por creernos Chucho el Roto o una especie de Robín Hood tropicalizado y nos enojamos ante una presunta injusticia.

    Es importante no mezclar la gimnasia con la magnesia y no confundir las ideas. Para ello, es necesario hacer una pequeña precisión: no todos los empresarios en México son personas acaudaladas y sólo existe un mexicano clasificado con una de las diez fortunas más grandes del mundo. En términos generales, los empresarios son personas que tienen un pequeño negocio que vende menos de un millón de pesos al año y que tiene uno o dos empleados. Muchos ni llegan a tener un trabajador, son ellos mismos los que descorren la cortina de su local, venden, contestan el teléfono, hacen pedidos: se autoemplean. En nuestro país, los empresarios son gente a todo terreno.

    Este sector ha sido vapuleado por todos los frentes. Por un lado, son víctimas de manifestantes que en su confusión descargan todo su resentimiento en negocios pequeños que ni la deben ni la temen y que en algunos casos no lograrán reponerse de semejantes golpes; por el otro, son amedrentados por las autoridades hacendarias: ni se te ocurra declarar en ceros o ya verás. Esa parece ser la consigna.

    Los pobres micro, pequeños y medianos empresarios ya no ven lo duro sino lo tupido. Ni son personas millonarias ni tienen grandes influencias ni sus despachos contables son corporaciones internacionales ni sus abogados tienen oficinas en Nueva York ni nada por el estilo. Por lo general, son gente de trabajo que cada día sale de su casa a conseguir el pan y la sal que va a llevar a la mesa de sus casas.

    Según datos de la Secretaría de Economía, el noventa y siete por ciento de las empresas en México son PYMES, es decir, empresas pequeñas y medianas, entre ellas salones de belleza, tortillerías, peluquerías, sastrerías, papelerías, tiendas de la esquina. Tal vez, talleres que han luchado por sobrevivir crisis de mercado, cambios de gobierno, movimientos económicos.

    Los empresarios mexicanos son personas valientes que, a pesar de todo, han decidido invertir en el país y que no han corrido con su dinero a otro lado. Sabemos que son muchos los que, al primer susto, palidecen y corren con sus cosas sin voltear para atrás. ¿Por qué golpeamos a los valientes que han apostado por permanecer?, ¿por qué tener resentimientos con los que luchan a brazo partido todos los días para tener un sustento honesto?

    Seguramente es porque cada vez que escuchamos la palabra empresario pensamos en gente como Carlos Slim, María Asunción Aramburuzavala, Alfredo Harp, Héctor Hernández y debiéramos pensar en doña Lucha la de la fonda de la esquina, en don Chon el zapatero que nos remienda las suelas o en los hermanos Sánchez que abren la papelería temprano para que los niños puedan encontrar lo necesario para entregar bien su tarea.

    Tal vez, lo que nos hace falta es imaginar a toda esta gente para solidarizarnos y en vez de golpearlos con nuestro desprecio, pudiéramos verlos con mayor simpatía y ¿por qué no? Con admiración.

     

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