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  • Un maratón para Sacheri

  • Una historia cargada de múltiples tonos individuales

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  • Con la convicción del maratonista que entiende que sólo el tranco constante lo llevará a la meta si logra que su fuerza no se melle en el último tranco, Eduardo Sacheri (Castelar, Provincia de. Bs. As., 1967) acometió en silencio y constancia la creación de La Noche de la usina, obra ganadora del premio Alfaguara de novela 2016 y que sucede en el podio a la chilena Carla Guelfenbein y su inolvidable Contigo en la distancia premiada en 2015.

    Autor de dotes ya probadas Sacheri –La pregunta de sus ojos, Papeles en el viento, Las llaves del reino, Aráoz y la verdad, entre otras, le preceden— construyó una historia cargada de múltiples tonos individuales inscrita en el marco de una tragedia nacional que le permite redimensionar la importancia de los conflictos individuales y su imbricación en un conflicto mayor.. Al resolverse narrativamente estos, desdramatizan la fuerza del impacto de esa tragedia que no sólo es mayor sino que es doble en tanto que su magnitud colectiva es individual y múltiplemente vivida.

    Se trata, y en primer lugar para quien lo haya olvidado ya, de la honda crisis política, social y económica que entre el final de 2001 y el inicio de 2002, puso de cabeza a la patria de Sarmiento.

    El gran drama se individualiza en cada personaje: Perlassi, Lorgio, Medina, Fontana, insertos todos de una u otra forma en las tergiversadas historias del maestro de ceremonias de un circo, el de los hermanos Lombardero; el mismo maestro de ceremonias y el mismo circo de estructuras endebles y animales viejos y famélicos que, si hubiera debido poner título a la historia, dice Sacheri, le habría llamado “La noche de la usina”.

    O’Connor, pueblo y mítico tranquilo si aún los hay, reúne a la puerta de la casa de uno de sus habitantes, a un grupo de amigos. Es la noche de San Silvestre, víspera del nuevo año. Las bengalas rompen llenas de color en el cielo como piezas de convicción de un pasado luminoso pero en realidad la felicidad es, pese a la fecha, escasa como bien, lejana como meta.

    Pronto la plática en aquellas horas finales del año viejo y entre los liminares del nuevo, empieza a tomar visos de interés; se hacen planes, se piensa en el futuro. En una inversión que genere no sólo trabajo para el pueblo sino también dinero. La idea parece tomar forma, se hacen planes rudimentarios a partir de socios todavía hipotéticos que harán aportaciones que en ese momento son menos que hipotéticas en el hipotético caso de que la operación se concrete.

    En las vísperas de, finalmente empezar a darle forma a la idea, con prácticamente todo resuelto, intervienen el banco, un empleado inescrupuloso, y un delincuente de cuello blanco que parece encarnar una mezcla que a ratos parece mitad Vito Corleone, y a ratos mitad Alfonso Capone; adicionalmente, el corralito gubernamental cerca los pocos o muchos ahorros de la gente como paliativo para un mal originado en el uso privado de los bienes públicos que encerrando el dinero bajo llave en bóvedas inaccesibles a la gente de a pie; va pauperizando pesos, ahorros, vidas.

    ¡Justo cuando todo parecía ir tan bien!… El demonio de la política, el inexorcizable virus del poder y su alter ego, la codicia, han aparecido en la capital del país y la onda expansiva de aquella tragedia colectiva que sólo en apariencia puede ser económica, arrasa con aquel O’Connor en el que como cualquier pueblo mítico y tranquilo, nunca pasaba nada… ¡Hasta que pasaba!

    Lo que sigue es la minuciosa ingeniera narrativa y argumental a la que se suma un fresco del alma individual en tiempos de crisis que permite conocer la tragedia humana en su más íntima sentina. ¿A falta de justicia o en ausencia de ésta sólo la venganza nos redime de la befa del poderoso? ¿Del escarnio de nuestros sueños? ¿Del ajuste de cuentas con nuestra propia vida?

    La noche de la usina resultó ganadora, por mayoría de entre de las cinco finalistas elegidas de entre las 707 novelas que optaron originalmente al Premio Alfaguara de novela 2016. El acta del jurado señala que se trata de “una novela coral ágil y emotiva, con muchos ingredientes de lo mejor del thriller y el western”. Ponderando también que en La noche de la usina hay “un trasfondo crítico lleno de suspenso en el que la rabia fecunda es compatible con el humor más fresco”.

    Toda narración genera en el lector sensaciones diversas. En ocasiones esas sensaciones se yuxtaponen a lo largo de la lectura o bien son unitarias y entre otras cosas pueden llegar a generar o incluso realmente generan una empatía profunda con ciertos modos y personajes del mismo modo que dentro de la misma historia llega a existir un correlato de antipatía, animadversión o por lo menos desacuerdo con algún personaje o situación.

    Esa individualización de sensaciones no sucede en La noche de la usina y ésa es una de sus mejores vertientes; el lograr que ninguna de las voces que sostienen la trama se superponga a la otra, incluso si el tono de la voz es apenas circunstancial, tangencial al núcleo de la historia.

    Así cuando el maestro de ceremonias del circo de los hermanos Lombardero advierte que esta historia bien podría llamarse así, “La noche de la usina”, lo que hace realmente es dar el pistoletazo de salida del maratón que junto a Perlassi, Fontana, Medina e incluso Manzi y acompañados por Eduardo Sacheri vamos a correr. Al final, los únicos que sostienen el tranco preciso y constante son Sacheri y sus personajes; el corredor-lector sólo puede decir que La noche de la usina es un maratón extenuante, y a creer o no, hay extenuaciones que merecen repetición o relectura, lo que suceda primero. (Eduardo Sacheri, La noche de la usina, Alfaguara, México, 2016, 362 pp.).

     

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