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  • Omar Gonzalez
  • Un blues para la rubia platino

  • Marilyn Monroe fue mujer, fue actriz y su muerte temprana la transformó en mito

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  • Mi último tren llegaba con retraso,

    Así que decidí aceptar el caso

    De la rubia platino.

    Joaquín Sabina, El caso de la rubia platino.

    Como principio de lo obvio, consígnese sin rubor alguno: Marilyn Monroe fue mujer, fue actriz y su muerte temprana la transformó en mito; en la platinada iconografía que un cinco de agosto de 1962 probablemente se suicidó tras una carga letal de barbitúricos suficientes para sacar de este mundo a por lo menos quince personas. Había nacido el primero de junio de 1926. Apenas ayer habría 90 años.

    Nacida Norma Jeane Baker, no llegó a ser realmente Norma Jeane Mortensen, porque siempre fue Marilyn Monroe; Marilyn, la falsa diosa platinada; encarnación del deseo que sólo buscaba ser amada. Nadie como ella para decir: “yo tan sólo quiero que me amen”.

    Marilyn atribulada, Marilyn abusada, Marilyn agobiada; Marilyn sobreactuada, dopada, herida, usada, golpeada; Marilyn destruida, burlada, abandonada; psicoanalizada y vuelta moneda de cambio entre políticos; vigilada por el FBI, clasificada, macartizada, espiada.

    Esta podría ser la versión –acaso malamente sintetizada—de la estrujante y dura Últimas sesiones con Marilyn, de Michael Schneider, editado por Alfaguara en 2012, ocho años después de su aparición bajo el sello de Editions Grasser & Fasquelle y traducido al castellano por Ramón de España.

    Fundamental es también esta lectura a la par que entrenamiento para adentrarse en la monumental Blonde, de Joyce Carol Oates, trabajo editado en inglés hace ya más de 12 años y su autora, finalista del Pulitzer 2012 que fue declarado desierto.

    A partir de las cintas de las sesiones que por treinta meses sostiene con Ralph Greenson, el último psicoanalista de Marilyn, Schneider reconstruye de manera novelada, apoyado en una amplia bibliografía, la vida de Norma Jeane Baker quien se transformará inevitablemente en Marilyn Monroe.

    Sus temores más hondos, sus más terribles sueños y frustraciones han sido trasvasados por Schneider a la literatura para mostrar a un ser en permanente estado de devastación interior y que en realidad estaba lejos de ser el simple y mecánico objeto sexual que una mercadotecnia vulgar se ha empeñado en vender.

    Sin juzgar al personaje, Schneider brinda un crudo retrato en blanco y negro de esta mujer cuyo único error fue pretender ser ella misma, Norma Jeane, pero que se vio obligada a ser Marilyn Monroe para sobrevivir en el sombrío mundo de los entretelones de la industria del cine norteamericano de los años cincuenta. Rubia falsa pero diosa verdadera; falsa diosa platinada pero real mujer, Marilyn coleccionó esposos y amantes que no lograron entenderla ni amarla, o no como ella esperaba o quería. El dramaturgo Arthur Miller, el beisbolista Joe DiMaggio, el propio psicoanalista Greenson y Frank Sinatra pasaron por su vida; con los dos primeros se casó; Greenson pretendió recibirla como un miembro más de su familia rompiendo las reglas freudianas y Sinatra lo acogió varias veces entre sus brazos para ofrecerle su calor pero ninguno –y el que más se acercó fue acaso Joe DiMaggio y en cierta medida también Arthur Miller— supieron amar a la pequeña de voz delgada, piel blanca y cuerpo centelleante que era Norma Jeane.

    Todos, a su modo, vieron en ella a Marilyn y ninguno supo sacarla de la vorágine de médicos, actores, actrices, productores, admiradores, que destruirán a la mujer para dar vida en la muerte, a ese ícono transgeneracional que es Marilyn.

    En Últimas sesiones con Marilyn, Schneider reconstruye con singular maestría buena parte de la vida de Marilyn, novelando ésta y a ella misma con un estilo contundente, directo, brutal.

    “Yo tan sólo quiero que me amen” parece decir en casi todas las páginas Norma Jeane; todos te amamos Marilyn pueden los lectores decir en cada página, pero ni el más universal de los coros podría ser capaz hoy, como nunca nadie lo fue antes, de decir: “también nosotros te amamos Norma Jeane”.

    Mujer, actriz y mito, Marilyn Monroe desplazó para siempre a Norma Jeane; a Norma Jeane Baker, a Norma Jeane Mortenson; la pequeña diosa rubia cuyo vuelo de faldas, en la icónica fotografía es aun El Dorado que todas las actrices, modelos o aspirantes a ambas cosas, buscan repetir pero que ninguna logra.

    Quien mejor la comprendió fue Truman Capote, el iconoclasta autor de La Costa Vasca y Desayuno en Tiffany´s llevado al cine con Audrey Hepburn o la reverenciada A sangre fría que por más de treinta y siete semanas apareciera en la lista de los más vendidos en la década de los sesentas. Es obra del propio Capote la mejor semblanza de Marilyn Monroe titulada Una adorable criatura, pero incluso éste, pese a todo, fue incapaz de entender y catalizar el enigma llamado Marilyn, quien eventualmente, habría podido dejar testimonios como este: “Vida en momentos extraños/Sigo tus dos direcciones/Existiendo mejor cuando hiela/Sólida como una tela de araña al viento/Mal que bien, me quedo suspendida, atraída por el/vacío”.

    A sus 90 años el mito de la falsa diosa rubia llamada Marilyn sigue vivo. Norma Jeane nunca existió; el mito Marilyn la defenestró el día que unció su destino a la industria fílmica en cuyo fuego sus sueños se incendiaron irremisiblemente un cinco de agosto de 1962.

    Norma-Monroe-Jeane-Mortenson-Marilyn-Baker: si alguien hubiera sabido amarte como pedías, quizás hubieras sido una abuela coqueta y liberal que airosa, bella, plena de lisura, caminara sobre la Quinta Avenida para internarse en Central Park y flirtear con un novio eterno, tan eterno como los recuerdos que la sola evocación de una fecha engendra pues nadie mejor que Marilyn para saber que: “Siempre hay dos versiones de una misma historia”. Pero tu historia pre-escrita no era la de ser Norma Jeane. Tu historia escrita era ser Marilyn y en ese fuego te consumiste. (Michael Schneider, Últimas sesiones con Marilyn, Alfaguara, 2012, 433 pp. Trad. Ramón de España).

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