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  • Cecilia Durán Mena
  • Trump, Presidente

  • Nadie la escuchó cuando era visible. Ahora, todo es Trump, Presidente.

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  • ¿Cómo se cuenta esto que no tiene ni pies ni cabeza? Y, en todo caso, ¿por qué flota esa tristeza en el ambiente, si en realidad lo que pasó no es de mi incumbencia? Mi abuela decía que meter la nariz en donde no te llaman, es de pésima educación. La metichería es un defecto mayúsculo. El tema del futuro presidente de los Estados Unidos es un tema doméstico y los vecinos no tenemos otra cosa que hacer más que ver, oír y callar. Todo lo demás es como la alharaca de los pájaros. En todo caso, los extranjeros somos esos observadores que, sentados en la fila diez del teatro, observan una representación a la que llegaron con boletos prestados.

    Lo que pasa es que el espectáculo es triste. La protagonista termina con la espalda encorvada, reclinada sobre un escritorio con la respiración entrecortada y sentimos que el aire en los pulmones le quema. El bulto que le engrosa la garganta es contagioso, lo alcanzamos a sentir. Abrirá la ventana, tal vez para dejar que entre aire fresco o quizás para dejar salir ese alarido que interpela: ¿qué hicieron? Por ridículo que parezca, queremos unirnos a ese grito. No podemos, somos invitados y no tenemos voz en este tema.

    Será por eso que estamos cabizbajos. En la soledad, ella no está tan sola. Sin que la hayamos escuchado, sin que hayamos entendido las palabras que se le esconden en el corazón, sentimos el zarpazo que la dejó hecha girones. El poder de destrucción de la guadaña la alcanzó, vino a reclamarla. La hoz le cortó el camino y le mutiló la aspiración. La severidad del destino la aventó a una grieta profunda y oscura. ¿Por qué lo hicieron?, preguntará en un susurro que nosotros alcanzamos a escuchar claramente.

    Pasará un examen sobre sí misma. Fue por ser mujer, por no ser simpática, por no ser una comunicadora efectista, por no saber usar el correo electrónico, por haber tenido un marido mujeriego y quedarme junto a él, por no tener un peinador maravilloso, porque el traje sastre hacía lucir los brazos tan cortos, por las arrugas alrededor de los ojos, por la sonrisa esquiva, por no haber sido amiga del FBI. ¿Por qué? Nosotros, desde nuestra posición expectante, nos hacemos la misma pregunta.

    No sé quién soy mientras todo esto sucede. Ella sonríe con labios torcidos para aguantar el embate de los sentimientos que emanan de las entrañas. Sonríe para felicitar al adversario y se preguntará que vieron en él que no encontraron en ella. La congoja late a ritmos de estertor. Pensará, como lo pienso yo y como lo hace todo el mundo, que esto es un error, que tiene que ser un error, que debe ser un error. Se equivocaron, pensará y seguramente, tendrá razón.

    Los suyos no la eligieron, el mundo la quería a ella. La mayoría de los países mostraban un claro favoritismo por ella, las encuestas, las tendencias, la economía, el consumo interno, la política exterior y todas las variables que maneja tan bien, estaban de su lado. ¿Entonces? Le abrieron la puerta al jabalí para que entrará corriendo a una cristalería. No los entiendo, balbucirá con ojos desorbitados. Claramente, está de no entenderse.

    El aturdimiento reinante me hace pensar en lo que habrá sentido Eva al ser expulsada del Paraíso. ¿Qué fue eso?, sin poder comprender a cabalidad, se mesará el pelo, se tallará los ojos y desaparecerá de la escena, se diluirá como una pastilla efervescente y pronto su figura se habrá desvanecido. Después del martes, será miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes y otra vez será martes. El regreso al mundo y a otros temas, a otros sustos y a otros miedos. Ella, aferrada a las manecillas de los tiempos, gritará ¿cómo pudieron hacer esto? Nadie escuchará, ya es invisible. Nadie la escuchó cuando era visible. Ahora, todo es Trump, Presidente.

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