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  • Andrea Fischer
  • Proclamaciones tardías

  • El Consejo de Derechos Humanos de la ONU reconoció el genocidio de Sinjar

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  • Se pone en duda cuánto tiempo más habrá de pasar para que nos demos cuenta del calentamiento global. Se cuestiona cuántos años más habrán de correr con sangre derramada, que parece precipitarse ―cada vez más vertiginosa― con cada día que termina, irredenta. Se pone en las mesas de discusión silenciosas cuánto más habremos de esperar para que sean oficiales las noticias, los eventos, los desaparecidos y los que adolecen más allá de las costas de Occidente. A ver cuándo se les ocurre, a ver a qué hora: a ver, en fin, si para entonces sirve de algo.

    El pasado junio, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU reconoció el genocidio de Sinjar, llevado a cabo por el Estado Islámico. Es interesante que este proceso les haya tomado dos años: miles de yizadíes del noreste iraquí perdieron la vida de rodillas, y sus gritos se disiparon con el correr estruendoso de los medios de comunicación, que siempre encuentran la manera de enfocarse en otra cosa. Se les hizo el silencio después del prejuicio, el abuso étnico y el paso inexorable de un grupo empoderado, que no se satisfizo hasta salar la tierra para siempre.

    Líderes yazidíes de organizaciones no gubernamentales intentaron testificar frente a las autoridades, pero sus denuncias quedaron únicamente como testimonios indirectos e inexactos, y las bombas se quedaron dentro de sus ojos, estallando en silencio. No importó que ISIS tomara Mosul y avanzara con ejércitos fanáticos sobre el territorio sirio hasta alcanzar Sinjar: al fin y al cabo, todos ellos eran infieles, y los ojos de Occidente siempre pueden pegarse a la televisión. Mientras tanto, las cosechas se secaron, las familias se deshicieron, y un grupo más de los que están más allá del mar se quedó con polvo en las manos. Y así se forzó nuevamente el exilio.

    “En el caso de que quisieran volver, no hay servicios y nadie garantiza su seguridad,” dijo Ali Alkhayat, de la ONG Yazda, desde Irak. El control de ISIS es preponderante en la zona, y el territorio está prácticamente asfixiado: no hay recursos, no hay dinero, no hay familias y no hay forma aparente de impulsar el progreso en esa tierra, que cada vez más, parece de nadie. Sólo quedó el esfuerzo por hacer visible la causa, y el proceso les llevó dos años.

    Dos años de formalismos. Dos años de información que no pasaba. Dos años de ceguera. Dos años del silencio de un pueblo socavado por sus creencias religiosas, sus costumbres y su espacio geográfico. Un mosaico estrellado contra el suelo polvoso. Un dolor indiscreto que no se apaga. Una razón más para volvernos más allá de la comodidad occidental que resulta inconveniente. Una apología tardía, y miles de plegarias que se esfumaron en el aire, a la espera de una noticia oficial que abalase la pérdida, el sufrimiento y las manos vacías que necesitan escapar lo más lejos posible. Más allá de los formalismos, más allá de lo oficial. Más allá, en fin, de proclamaciones mundiales ―y tarde.

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