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  • Roberto Rosendo Ríos Vargas
  • Perro que ladra no muerde

  • Sentí un fuerte empujón por detrás, voltee y vi a una señora de unos 50 años

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    Cierto día me encontraba en uno de los vagones del metro, era hora pico, serían las 6:30 de la mañana, parecía que el lugar iba a reventar, en cada estación en la que se detenía vomitaba personas que rápidamente buscaban la salida más cercana para llegar a su destino; más y más gente subía, los minutos pasaban y el calor aumentaba, los ventiladores trabajaban a todo lo que daban, pero ni así lograban refrescarnos.

    Junto a mí viajaban más de 10 personas en el mismo metro cuadrado que yo, los pies me dolían de llevar tanto tiempo parado. Algunos pasajeros iban dormidos cómodamente en su asiento, los que iban de pie intentaban conciliar el sueño como podían, pues el metro frenaba constantemente; unos policías subieron y se acomodaron a la fuerza, estaban casi frente a mí y platicaban entre ellos de lo que les esperaba a lo largo del día.

    En la estación Candelaria, se subió una pareja, la chica iba muy arreglada, de traje sastre y zapatillas, incluso su perfume hizo que, por un momento, el vagón dejara de oler tan feo; el joven también se veía elegante, ambos platicaban cómodamente. Yo iba a descender en la estación Insurgentes, me faltaba poco para escapar de esa prisión bajo tierra y continuar con mi trayecto, algunas personas se preparaban para bajar cuando inesperadamente el metro se detuvo haciendo que todos se aventaran unos contra otros tratando de no caer.

    Sentí un fuerte empujón por detrás, voltee y vi a una señora de unos 50 años que muy enojada lanzaba maldiciones a los que estábamos junto a ella culpándonos de que casi la tirábamos cuando el metro frenó: a ver si se fijan estúpidos, casi me tiran, gritó; nadie dijo nada, muchos hicimos como que no la habíamos escuchado. De pronto el metro volvió a frenar, esta vez sí hubo quien terminó en el suelo, la señora muy molesta se fue contra el chico que había subido con su pareja estaciones atrás: y tú cabrón ¿por qué me estás aventando?, lo encaró.

    El joven intentó calmar a la mujer, pero ésta seguía en su plan grosero, hasta intentó llamar la atención de los policías diciendo que el chico la estaba manoseando; los oficiales sólo le dijeron que no era cierto y que se relajara, pero muy poco pudieron hacer, pues le seguía diciendo de todo al muchacho quien de pronto se cansó y dijo en voz alta: ya cálmese señora, deje de estarme insultando, ya está grande, compórtese como lo que es, una persona mayor.

    La pelea parecía que ahí terminaría, pero de pronto una voz masculina se escuchó desde el fondo del vagón: bájale cabrón, no viene sola, lo que quieras con ella, conmigo; el que gritó era el esposo de la mujer, que venía sentado, pero cuando escuchó los gritos, se levantó y adoptó una actitud retadora contra el joven que parecía que en cualquier momento tiraría el primer golpe; pero no fue así, pues quiso calmar la situación de nueva cuenta y le pidió a ambos que se tranquilizaran, pero el hombre con tal de quedar bien con su esposa seguía provocando al joven: ándale cabrón, te voy a enseñar a respetar a una mujer, decía; muchos pasajeros los observaban, los policías también los veían sin intervenir en la pelea. De pronto, el joven que ya se notaba fastidiado, bajó su mochila, se quitó el saco, se lo dio a su pareja y le dijo al señor: si eso es lo que quiere, órale, le voy a romper su madre frente a todos ellos, que conste que usted empezó.

    La señora volteó a ver a su esposo de reojo y luego fijó su mirada en el muchacho, seguramente se dio cuenta que estaban en desventaja; así que empujó a su esposo para atrás y le ordenó sentarse, el hombre no sabía qué hacer, si tomar su lugar y quedar como un tonto frente a todos o aceptar el reto, al final se sentó.

    El joven más tranquilo, tomó sus cosas y se hizo a un lado, la mujer se bajó en la estación Cuauhtémoc, cuando las puertas se cerraron, los policías ahora sí intervinieron y le dijeron al señor: a ver jefe, póngase de pie y péguele al joven, ya se bajó su mujer, ya no tiene por qué preocuparse; de nuevo todos volteamos a ver a los protagonistas, pero el hombre no podía creer lo que estaba pasando, hasta empezó a sudar, los guardianes del orden le advirtieron que no se metiera en problemas, que cualquier cosa que les pasara era solo culpa suya por estar de bravucón, el joven solo miraba, los oficiales se reían entre ellos, creo que en el fondo sabían que la pelea nunca se realizaría.

    En la estación Insurgentes tanto el joven como su pareja bajaron, el esposo vengador, se quedó inmóvil en su asiento, sin decir ni una palabra, yo también bajé del metro con una sonrisa en el rostro y convencido de que como dice el refrán, “perro que ladra no muerde”.

    Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico.

    El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol. elbone089@gmail.com

     

     

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