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  • Andrea Fischer
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  • Una gran idea la de los museos al aire libre

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  • La idea de los museos al aire libre está siendo explotada en diferentes sitios turísticos por los beneficios indirectos que aporta. En primer lugar, es un agregado cultural importante del arte contemporáneo: se rompen por fin las barreras rígidas que consideran al graffiti como un delito en lugar de una forma alternativa de expresión. Por otra parte, los murales atraen espectadores, lo que genera un foco de atención para la gente que podría derivar en un punto de desarrollo económico para la zona: si la gente se toma el tiempo de ir a ver obras de arte en el exterior, no habría porqué no tomarse un café después.

    A pesar de que esta idea es relativamente reciente, ha tenido gran aceptación en diferentes lugares del mundo. Se ve en el distrito artístico de Wynwood, en Miami, y las obras de Banksy no pueden ignorarse. Sin embargo, no se trata de una imagen esporádica, perdida en los suburbios, como un adorno innecesario que tienen que recubrirse con el color original de la fachada del inmueble. Los museos al aire libre, más bien, son espacios dedicados exclusivamente a la expresión sobre las paredes colectivas.

    El gobierno de Túnez quiso aprovechar esta tendencia artística para limpiar a Yerba, una isla en la parte más septentrional del país, del estereotipo inconveniente de las playas paradisiacas. No necesariamente porque no les estuviese aportando la derrama económica necesaria, sino porque la isla tiene historia, cultura y sabores independientes a las etiquetas europeas con las que se estaba eternizando. Homero incluye a Yerba en La Odisea: fue una de las múltiples paradas de Eulises antes de llegar a Ítaca, y de donde zarpó abrumado de congoja al tener que dejar atrás los frutos de loto.

    Además, Yerba tiene un tinte de elegancia en la sobriedad de su arquitectura: puertas grabadas de madera, cúpulas que saben a ruinas musulmanas, paredes blancas. Como se estaban viniendo abajo, en lugar de invertir en restauradores, se optó por utilizar la mano de obra de artistas callejeros para rescatar las paredes despellejadas de los barrios interiores de la ciudad. De esta manera, podría publicitarse un paseo artístico que no únicamente fuese un punto de encuentro para los turistas, sino que también fuese socialmente responsable.

    El gobierno de Túnez contrató a más de 150 artistas de aproximadamente 30 nacioalidades diferentes para darle color a la isla, con la intención adicional de rescatar la tradición de tolerancia con la que el lugar se caracteriza. El encargado del movimiento fue Mehdi ben Cheikh, director de la Galerie Itinerrance, que actualmente es la líder en especialización de arte urbano. Ben Cheikh reconoció el carácter híbrido de la isla, y en una entrevista que se le hizo al respecto para The New York Times, concluyó de la siguiente manera:

    “Aquí han vivido musulmanes, cristianos y judíos en paz durante dos mil años. No quería molestar a nadie, simplemente celebrar este hecho. Hubo un intercambio impresionante entre los artistas callejeros, con unos perfiles e identidades muy diferentes, y también con los habitantes de la isla.”

    Las paredes blancas de Yerba mimetizan las diferencias y las hacen unir lazos. De religiones que podrían parecer antagónicas, de los estándares rígidos que marcan los críticos de arte, de culturas: de gente. Es en esas mismas paredes blancas que se encontró un espacio más de expresión: blanco de paz, blanco de reencuentro, blanco, en fin, de los lienzos que no se ocupan aún, pero que prometen.

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