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Pájaros de tinta

Crédito:
Nota de despedida
21 de Marzo 2016
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andrea.fischer.duran@hotmail.com

El recuerdo infantil de la orca que sale a saludar desde las profundidades de una alberca. La sensación de júbilo de ver al animal dar volteretas, de escuchar cómo le pide un pescado a un entrenador con un chirrido, de dejar caer la mandíbula cuando una mujer se para en la punta de su hocico, y aplaude, y se ríe, y da vueltas en el agua con la ballena debajo de ella. La imagen de la aleta saludando al público en ovación, y la gracia final de empapar a todo el mundo de un coletazo. Pensar en esto años después, y ver en el recuerdo una aberración.

Ver el tema desde un ángulo diferente: encontrar en esas orcas animales enclaustrados, que fueron despojados de su naturaleza para ser payasos. Percatarse de la brutalidad de arrancar bebés de una madre indefensa para llevárselo al mundo de la farándula: cambiar su medio natural por ovaciones en un espacio que no les corresponde, que nunca debió de existir, que nunca debió de ser. Transferirlos de la extensión de los océanos al cautiverio, para ser sujetos de risas, para ser cosificados, para perder su esencia animal ―intercambiarla por la utilidad del ser humano, y sus intereses.

Crear presión mediática: mostrar la realidad en películas, divulgar artículos científicos, denunciar. Hacer pública una parte incómoda, que siempre resulta conveniente cuando se quiere lograr un cambio. Finalmente devolverle la personalidad original a las ballenas: no como objetos de uso para el entretenimiento, sino como entes naturales que no están a la disposición de un entrenador que los enseñe a sonreír. Ya no verlas como un logro más del domino humano sobre el entorno, sino como elementos complementarios de un medio compartido.

Ya no ver en Sea World un mundo acuático, sino sentir el corazón desmoronarse con la idea de jaulas minúsculas, angustias innecesarias, sepulcros prolongados. Ver en el concepto no más que intereses económicos: ya no la imagen de la orca amigable que no le hace daño al instructor, sino un escupitajo indigno a generaciones de animales que nunca tuvieron palabra, nunca tuvieron decisión, nunca tuvieron voz. Seres que fueron, otra vez, herramientas de utilidad en atrocidades disfrazadas: a esos payasos no tenían que pintarlos, ya tenían manchas en la cara.

Recordar todo esto a partir de una nota en el periódico de despedida. Shamú haría su última aparición, su última gracia: finalmente se hizo consciencia, pensaríamos, por fin se le va a dar cierre a ese capítulo. Y luego pensar que Sea World era también un negocio millonario. Que esos empresarios nunca fueron almas de la caridad, y que hay algo muy extraño con todo esto. Pensar nuevamente en los animales, y sobre en qué pasaría después de que fueran liberados: con los bebés que nunca conocieron el mar, con los más grandes que ya se olvidaron de las corrientes, de lo que es cazar, de sus manadas, de la migración: de lo que deberían de hacer originalmente, sin la intervención de la mano humana.
Releer la nota con cuidado: en efecto, ya no habrá más cría en Sea World, pero hay todavía orcas embarazadas.

La autora es escritora de cuentos, narraciones cortas, ensayos y novelas.

ANDREAmal

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