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  • Orgullo herido

  • Las personas que estaban cerca voltearon a ver qué pasaba

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  • Llegué a la estación Puebla de la línea nueve del STCM, eran alrededor de las cinco de la tarde, una compañera del trabajo me había dado un aventón hasta esa parada y después de viajar cómodamente en un auto, entré al metro, sería solo un momento pues en la siguiente estación, Pantitlán, descendería para ir rumbo a mi casa.

    Fui directamente a la taquilla, le pedí a la señora que atendía que le cargará 30 pesos a mi tarjeta, pero ella nunca apartó la vista de su celular y me entregó seis boletos, sorprendido le dije que yo no quería boletos sino una recarga, por fin levantó la mirada me arrebató los boletos, tomó mi tarjeta y me comenzó a pedir diez pesos que según faltaban.

    De una manera educada le contesté que le había entregado el dinero completo, pero que por estar distraída ella no lo había visto; la taquillera comenzó a insultarme, incluso me llamó ladrón, abusivo y mentiroso; hice lo que pude para contenerme y no faltarle al respeto, pues era una señora como de unos 50 años, con el cabello corto y chino, usaba lentes y seguramente tenía un problema de sobrepeso pues con trabajos cabía en la silla en la que estaba sentada; mientras seguía diciendo que yo no le había entregado completo el dinero mascaba un chicle y no soltaba su celular.

    Por fin después de volverme a llamar ladrón, hizo la recarga, me regresó mi tarjeta y volvió a su celular, me dio mucho coraje la forma en que me habló, pero no logró arruinarme el día, seguramente esa señora no es muy feliz y termina sacando sus frustraciones a diario con las miles de personas que usan el metro, así que sin mayor problema crucé los torniquetes y me dispuse a esperar el gusano naranja.

    Del otro lado del andén había una pareja que estaba platicando felizmente; era una chica alta y delgada de cabello rubio, tendría aproximadamente 25 años y estaba acompañada de un chico casi de su misma edad, estaban tomados de la mano y él le cargaba la bolsa; ambos platicaban sin que nada los molestara, incluso se abrazaban y besaban. De pronto se les acercó otro joven, al principio intercambio unas cuantas palabras con ellos como si los conociera, pero de un momento a otro comenzó a alzar la voz, apartó a la chica y comenzó a empujar a su pareja.

    Las personas que estaban cerca voltearon a ver qué pasaba, la mujer estaba en medio de los dos chicos para separarlos, pero por más que lo intentaba no podía, el joven que había llegado después, tiró el primer golpe, después otro y otro, el novio de la mujer por más que quería no podía quitárselo de encima, el pobre estaba recibiendo una auténtica golpiza, parecía un costal de box.

    Algunas personas comenzaron a gritar para que los oficiales intervinieran, llegaron dos policías varones y una mujer quienes intentaron calmar al joven que seguía tirando golpes, pero ni ellos podían ponerlo quieto, cuando la mujer policía lo intentó terminó en el suelo, pues la fuerza del joven los superaba a los tres; una señora pedía desesperada que se calmaran pues podrían caerse a las vías del tren, pero nadie le hacía caso.

    La pelea parecía haber terminado después de que el agresor se cansó de golpear al otro chico en el suelo, los policías lograron derribarlo y le aplicaron una llave al cuello; solo así se lo quitaron de encima, el agredido se levantó, al parecer no había sangre en su rostro, pero su orgullo sin duda estaba por los suelos; su novia lo levantó y le dijo que se fueran de ahí, lo tomó de la mano y emprendieron la huida.

    El golpeador se levantó junto con los oficiales que habían logrado someterlo, cuando parecía tranquilo lo soltaron, pero no contaban con que ahí no terminaría todo, pues desde lejos comenzó de nuevo a recriminar a su víctima, dos o tres personas incitaron a los novios a que corrieran antes de que de nueva cuenta fueran agredidos.

    “Córranle chavos” se escuchaba en el andén, ambos jóvenes aceleraron el paso, mientras que su agresor comenzó a seguirlos, como si la chava intentara salvar a su pareja lo soltó de la mano y le ordenó correr para escapar de una nueva golpiza; él la soltó y apresuró su huida, cruzó las escaleras a toda prisa, saltó el torniquete y bajó rumbo al viaducto.

    Después de unos minutos la chica pasó frente a mí, estaba muy asustada y no sabía qué hacer, el agresor también se cruzó por mi camino y alcanzó a la mujer casi en las escaleras, no la dejaba bajar, algo le reclamaba, mientras tanto, los pobres policías apenas recuperando el aliento trataban de alcanzarlo; un señor les recriminó su poca preparación para contener una pelea y les ordenó correr para apoyar a la joven que estaba siendo violentada.

    Una señora se me acercó y me dijo que buena chinga le acomodó al otro, se me hace que le robó; no sé, le contesté, pues no alcance a oír por qué comenzó la pelea; un señor que pasaba junto a nosotros nos dijo, la chava anda con los dos y el otro le cayó en la movida, por eso se lo chingó.

    El tren llegó, subí al metro acompañado de la señora y comentamos todo el trayecto lo que había sucedido; llegué a mi casa; prendí mi computadora y escribí esta historia.

    Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico.

     

    El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol. elbone089@gmail.com

     

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