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  • Cecilia Durán Mena
  • Omran tiene cinco años

  • Se ha convertido en un símbolo de devastación, pena y angustia

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    Para muchos lo que sucedió hace cinco años, parece que ocurrió ayer. Hay quienes piensan que veinte años no es nada y que un lustro dura lo mismo que un sorbo de agua. Es común sentir que el paso del tiempo nos juega una broma: de repente, los segundos van corriendo en forma tan silenciosa que no nos damos cuenta de la velocidad que tiene su andar. Caemos en la cuenta hasta que nos topamos de frente con algún parámetro. Las referencias más asombrosas son los niños. Cuando uno deja de ver a una criatura y se reencuentra con ella, en ese instante se aprecia el vértigo del tiempo.

    Es cierto que el tiempo corre a ritmos diferentes según las circunstancias: va rapidísimo cuando nos divertimos y se ralentiza cuando lo pasamos mal. Una plática con un amigo acaba más rápido que el tiempo de espera en la sala del dentista y ni hablar de lo que sucede cuando tenemos un dolor o algún sufrimiento. Creemos que los granos de arena del reloj se niegan a deslizarse.

    Por eso me llamó la atención la fotografía de Omran. Aparece sentado, mira de frente a la cámara, está despeinado, tan cubierto de polvo que no se percibe el color de su ropa ni de su pelo; en los ojos alberga confusión y susto, las comisuras de los labios cuelgan hacia abajo, tiene los ojos llorosos y tremendas manchas de sangre le cubren el rostro.

    Omran Daqneesh tiene cinco años, es un pequeño que sobrevivió al último ataque aéreo en Siria. Resistió al último ataque militar ruso contra la ciudad de Alepo. Es una de las tantas imágenes que muestran lo que es una guerra civil. La imagen que fue publicada por activistas opositores al régimen, ha dado la vuelta al mundo y se ha convertido en un símbolo de devastación, pena y angustia.

    El fotógrafo captó a Omran mientras estaba sentado en un enorme asiento anaranjado, antes de que la ambulancia arrancara para llevarlo al hospital para ser atendido. Tiene las manos sobre las rodillas, las piernitas cuelgan en el asiento —no alcanzan a llegar al suelo— está solo y no sabe si volverá a ver a sus familiares. Los paramédicos reportan que el chico fue rescatado después de los estallidos, lo llevaron para que recibiera atención médica y nadie tiene información sobre su familia.

    La imagen no requiere de explicaciones ni de mayores adjetivos. Lo que más mueve, es entender que Omran tiene cinco años de vida y que lo único que ha conocido a lo largo de su vida es la condición de guerra. Aquí la consciencia del tiempo es implacable: para este niño los casi dos mil días de existencia han estado llenos de cañonazos, bombas, rifles, destrucción, ambulancias, sirenas, detonaciones.

    Para muchos, el conflicto en Siria no tiene mucho tiempo. Habrá quienes piensen que todo esto no va más allá de la administración de Barack Obama y, parece que fue ayer que vimos al primer Presidente de raza negra dar el discurso inaugural de su mandato o que nos enteramos de que recibiría el Premio Nobel de la Paz. Efectivamente, lo recibió en 2009: Omran no había nacido en esa época.

    Siempre he creído que, para tener una proporción objetiva, necesitamos tener referentes. Omran Daqnees, un pequeño de cinco años, originario de la ciudad de Aleppo en Siria, no ha vivido otra cosa que la guerra. No conoce el significado de la palabra Paz. Si hablamos de terror, basta ver los ojos de este niño y entonces sabremos lo que dura un lustro. La referencia más dolorosa son los niños.

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