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  • "Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada".

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  • A los ecos de los onces de septiembre

    Las consideraciones de Epicuro sobre la muerte plantean un paradigma interesante sobre la existencia: a partir de la supuesta negación de la vida que implica necesariamente morir, desarrolla un hilo lógico sobre el cual intenta demostrar que la muerte no es nada. Habla de las sensaciones, que se anulan cuando se deja de ser,  de la manera en la que tenemos certeza de nuestra vida a partir de aquello que recibimos del exterior, de cómo lo interpretamos, y de la forma, finalmente, en la que todo eso no es más cuando el ser se suspende.

    “Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. (…) El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya.”

    Epicuro plantea una bivalencia casi dicotómica que contempla dos conceptos privativos uno de otro, y lo hace de maravilla: no debería de angustiarnos la muerte, pues cuando vivimos, no es, y cuando sí es, nosotros no somos. Pero también habla de las sensaciones: de que cuando ya no hay, ya tampoco queda nada de nosotros. Considera únicamente aquello que siente el que está o no vivo, y habla del individuo en abstracto: como uno, y en esta perspectiva, la disertación es perfectamente válida.

    Sin embargo, pareciera que el desarrollo lógico de Epicuro deja de ver que cuando uno se va, muchos se quedan. La angustia que genera la muerte muchas veces ni siquiera tiene que ver con lo que suceda con uno mismo, sino con lo que se queda sin resolver cuando se deja de ser: de lo inesperado, de lo inminente, de lo irresoluto y de lo inevitable, que nos consume y que no podemos detener. No considera la angustia que se genera en los demás, que siguen siendo después del ataque terrorista, del golpe de Estado o de la explosión.

    La muerte no es única y esencial del ser, sino de sí mismo y del entorno en el que se mueve. No se puede dejar de lado que cuando uno deja de sentir, los demás todavía no lo hacen necesariamente. Epicuro no ve que la muerte tiene epicentro en el que se va, pero réplicas en los que se quedan. No escucha el silencio más allá del último aliento. No entiende que el abstracto es magnífico cuando no tiene contexto, cuando no es particular, cuando implica a otros.

    Resuenan aún los ecos de hace cuarenta y tres y quince años. Sí, hubo muerte. Sí, muchos seres dejaron de ser. Pero las sensaciones no se anularon: se mimetizaron, se hicieron aire y permean en el inconsciente colectivo todavía. Y tal vez Epicuro se equivoca: tal vez el ser no se anula. Tal vez se impregna en los demás: en sus dolores, en sus recuerdos, en sensaciones que si no son suyas, son de otros, y que siguen generando ―más allá de sí mismos.

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