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  • MICROS1
  • Roberto Rosendo Ríos Vargas
  • Negocio familiar

  • Esos pequeños eran los futuros herederos de esa actividad

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  • Caminaba por los rumbos de la colonia Martín Carrera, pasaban de las cinco de la tarde, el clima estaba templado y hacía mucho viento; la mayoría de las personas regresaban a sus casas, me dispuse a abordar un microbús para continuar con mi trayecto, metí la mano a mi bolsillo y no encontré ninguna moneda en él, busqué en el otro bolsillo y tampoco había dinero, sorprendido hurgué en la mochila esperando encontrar algo con qué pagar mi pasaje, pero nada; pero en mi cartera traía un billete de 100 pesos y uno de 50. Ni modo, tendría que pagar con ese y esperar a que en primera, el chofer me aceptara el billete y en segunda, que me diera mi cambio completo, pues pasa muy seguido que por no quedarse sin cambio no te reciben billetes grandes.

    Le hice la parada a un micro que avanzaba rápidamente y se abría paso entre combis y autos particulares con tal de ganar pasajeros; se paró frente a mí, el conductor de un auto rojo accionó su claxon para recordarle la mamá al chofer; subí y como si fuera un delito le di mi billete de a 50, lo agarró y lo metió en su bolsillo, “ahorita le doy su cambio joven”, dijo; me senté en el primer asiento muy cerca de él para que no se le olvidara, pues en mi experiencia una vez un conductor se olvidó que le había dado un billete y a la hora de pedir mi cambio no quería dármelo, según él no se acordaba, así que mejor me quedé cerca.

    Mientras seguía con mi camino y después de acomodarme, comencé a observar a mi alrededor, el microbús estaba hecho un desastre, los asientos rotos, algunas ventanas sin vidrios; el piso tenía hoyos por donde se alcanzaba a observar el pavimento, los tubos para sostenerse estaban flojos y era una suerte que no se desprendieran cuando los pasajeros se tomaban de ellos; lo peor era el escándalo que hacía el motor y la cantidad de humo que despedía cada que aceleraba, o el tronido que se escuchaba cuando el chofer hacia el cambio de velocidades; eso sí, olía a pino, pronto me di cuenta que viajaba en una chatarra rodante, una de los miles que circulan a diario por la calles capitalinas y que según el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, iban a desaparecer por aquello de la contaminación.

    De pronto me di cuenta que en el asiento de atrás del conductor había dos niños dormidos, uno tendría unos tres años y otro apenas algunos meses, éste último estaba en una cuna pequeña, ambos estaban muy sucios y dormían plácidamente; miré hacia la puerta, al subir no me había percatado que una chica de aproximadamente 20 años la hacía de “cacharpo” (los microbuseros les llaman así a sus acompañantes que se encargan de gritar el clásico “súbale hay lugares” y de ir anunciado la ruta o destino); seguramente era la madre de los niños, iba vestida de pantalón de mezclilla entallado, tenis y un jersey deportivo sin mangas; con mucha facilidad se colgaba de la puerta y en cada esquina incitaba a los pasajeros a subir; de pronto el chofer llamó mi atención “aquí está su cambio joven”, lo tomé y lo conté, resultó que el que conducía no era un hombre sino una mujer, una señora corpulenta con el cabello corto y con voz muy gruesa, que llevaba la camisa de la ruta bien puesta y los zapatos bien boleados, además era amable, nada que ver con los conductores que usualmente me topo en mi camino.

    La conductora iba platicando con la joven que seguía gritando “súbale hay lugares”, así que me enteré que el microbús era de su esposo, que tenían uno más que él trabajaba, pero que ella había decidido entrarle al negocio con tal de llevar un ingreso extra a su casa; la chica de la puerta era su hija y por lo que escuché estaba desempleada ya que le contó a su mamá que ya había ido a una chamba, pero quedaron en hablarle si es que la contratarían.

    La mujer al volante le dijo que hubiera terminado la prepa, así encontraría algo mejor, pero la chica recordó que fue en el tercer semestre cuando conoció al papá de sus hijos, quedó embarazada y se convirtió en madre muy joven; por lo que entendí, su pareja la abandonó y tuvo que regresar a casa con sus padres, de pronto miré a los niños que seguían durmiendo cómodamente sin preocupaciones y me di cuenta que esos pequeños eran los futuros herederos del negocio familiar.

    A la chica la conocían muy bien en la ruta, muchos la saludaban desde otros micros, otros le chiflaban para hacerle un piropo, ella sonreía y de reojo veía a su madre, que cabe decir, no le hacía mucha gracia la actitud de su hija, pues hacía muecas y negaba con la cabeza cada que un hombre miraba a la joven.

    Mientras me acercaba a mi destino, pensaba en los dos niños, en que al ir creciendo seguramente ocuparían el lugar en la puerta que ahora tenía su mamá, que no es malo, sin duda, pero que no era el mejor futuro que podríamos desear para ellos. Antes de bajarme desee que esos pequeños pudieran tener una mejor oportunidad que la de sus padres y abuelos, que hereden el negocio pero solo para obtener un ingreso extra, no como su trabajo del día a día.

    Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico.

     

    El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol. elbone089@gmail.com

     

     

     

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