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Muros que ciegan

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La declaración política y humanitaria que abanderó a EU se dessvanece
03 de Octubre 2016
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Desde la cárcel de la ciudad de Birmingham, se expide una carta abierta, firmada por uno de los presos políticos el 16 de abril de 1963. Fue detenido por una protesta no violenta en contra de la segregación racial, que marcaba diferencias en las banquetas de las calles, en los bebederos, y en la educación diferenciada de acuerdo al color de piel en Estados Unidos. Este manifiesto respondía a una declaración emitida por algunos miembros del clero blanco de Alabama, en la que suponían que la lucha por las diferencias raciales debería de tratarse en los tribunales, y no en las calles, donde todo sucede y todo se calla. Éste es el paradigma legalista de los Estados Unidos.

Sin embargo, resulta bien difícil hablar de algo de lo que no se es parte. En respuesta a esta negligencia estatal necia, un hombre detenido por manifestarse pacíficamente a favor de su comunidad escribe lo siguiente:
“Hace años que estoy viendo que la palabra espera suena en el oído de cada negro con penetrante familiaridad. Esta espera ha significado casi siempre nunca. Es posible que resulte fácil decir espera para quienes nunca sintieron en sus carnes los acerados dardos de la segregación. Pero se ha visto cómo muchedumbres enfurecidas linchan a su antojo a madres y a padres, y ahogan a hermanos y hermanas pro puro capricho; cuando se ha visto cómo policías rebosantes de odio insultaban a los nuestros, cómo maltrataban, incluso mataban a nuestros hermanos y hermanas negros…”

El documento se firmó sin pseudónimo. No se dejó en el anonimato: debajo del texto, quedó la firma del Dr. Martin Luther King Jr. Los corazones de las masas estadounidenses se vieron conmovidas por la osadía, la valentía, por el sentimiento de hartazgo ante la inequidad social. Pasaron los sesentas, triunfaron los movimientos de las minorías ―algunos―, y la imagen de Estados Unidos ante el mundo quedó limpia ―en la superficie, al menos, pudieron recibir el nuevo milenio con las manos blancas.

Sin embargo, la histeria bélica y la psicosis colectiva que trajo consigo el once de septiembre, puso a Estados Unidos en una situación incómoda: tendrían que buscar un nuevo enemigo común, y se volvieron a Medio Oriente para acoger al Islam como su nuevo motivo de odio. Y luego vino Obama a decirnos que el sueño del que habló Luther King Jr. se había finalmente concretado: ahí, en el país donde usar una burka implica esconder una bomba suicida; ahí, donde el aporte económico de los inmigrantes latinoamericanos es despreciable por su tono de piel; ahí, en donde la raza sí marca una diferencia abismal, y el privilegio sigue siendo una seña de identidad que domina las capacidades humanas.

Pasan los años, y parece que los corazones conmovidos por la carta expedida en 1963 se han vuelto sordos a los gritos desesperados del resto del mundo. La declaración política y humanitaria que abanderó a Estados Unidos se desvanece, nuevamente, en una versión contemporánea de la manta blanca del Klan: una que pretende construir barreras de concreto en las fronteras, pero que alza muros de miedo en su población. Muros que arden en la piel. Muros que astillan la dignidad humana. Muros de ignorancia, de odio.
Muros que ciegan.

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