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  • Omar Gonzalez
  • Moacyr Barbosa

  • Obrigado…Moacyr, Obrigado Alcides…Obrigado...

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    A los 19 años, Moacyr Barbosa Nascimento se enfundó en la casaca del Club Atlético Ypiranga en Brasil y debutó como futbolista profesional. Lo hizo como extremo pero como en algún momento reconocería, no le gustaba correr.

    Su destino no era el de oficiar por las bandas ni hablarse de tú con el Dios de las gambetas. Estaba llamado a ejercer de solista aunque no a la derecha del director pero si en la soledad de la línea de meta bajo los tres postes hechos entonces de madera. Su destino era el de concertino de la soledad pero en el reparto de partituras que el balón tiene reservados a sus leales, en su atril le colocaron un solo de amargura.

    En 1945 Moacyr se incorporó al Vasco de Gama y cosechó una seguidilla de éxitos que lo llevaron a convertirse en el primer guardameta negro de la selección de brasileña en 1950 cuando ya era considerado un innovador de la posición abandonando la comodidad del área chica para desplegar su arte por los 16.50 metros del área grande y reservar su elasticidad para los 5.50 de la chica, esa zona de confort del portero, espacio donde el guardavallas no puede ser tocado ni por el polvo de los botines de los rivales.

    Tras la interrupción generada por la segunda guerra mundial, la FIFA determinó que el campeonato mundial de 1950 debía jugarse en Brasil. Era la segunda vez que el continente albergaba el torneo cuya andadura se había iniciado en Uruguay en 1930 y que convertiría a los charrúas en el primer equipo campeón del mundo venciendo a sus vecinos de la otra orilla del Río de la Plata, Argentina, 4 goles a 2, ratificando así lo hecho en los juegos olímpicos de 1924 cuando derrotó 3-0 a Suiza y en los de 1928 ganando 1-0 a Argentina. Lo de 1930, jugando en casa, no era casualidad.

    Veinte años después de aquel éxito pionero en una Copa del Mundo, Uruguay llegaba a la final del torneo mundial que tenía por sede Brasil. El escenario de aquella batalla en apariencia desproporcionada era el Estadio de Maracaná, albo en su exterior como albo era entonces el uniforme brasileño y orgulloso como los once cariocas que saltaron a la cancha para recibir a once uruguayos dispuestos a hacer historia por más que las condiciones fueran en exceso adversas.

    La historia, sin embargo, venía por lo menos desde 1945, el año que Moacyr Barbosa pasó del Atlético Ypiranga al Vasco de Gama y el país era gobernado por José Linhares, un civil impuesto por una junta militar. Salvo el campeonato de 1946, Barbosa y el Vasco de Gama ganaron el campeonato carioca durante cuatro años. Su paso a la selección era inevitable. La historia estaba por empezar y a falta de televisión, 203 mil personas abarrotaron el Maracaná, la Meca del futbol brasileño, para el partido definitivo que hacía las veces de final de aquel torneo.

    “Uruguayos” –recordaría años después Alcides Gigghia, uno de los actores centrales de aquella puesta en escena— “había unos 30, quizá 40. El resto eran brasileños”. Fueron esos treinta o cuarenta charrúas los que oyeron a través de los altoparlantes del estadio la voz de Ângelo Mendes de Morais, intendente de Río de Janeiro demandar de los jugadores amazónicos: “Así como he cumplido construyendo este estadio, cumplan ustedes ganando este campeonato”. El aullido infernal del Maracaná debió llevar la adrenalina de los discípulos de Flávio Costa y el gordo Feola, su ayudante de campo, a límites insospechados y no era para menos. Estaban ganando el partido desde antes del silbatazo inicial que daría el árbitro inglés Georges Reader.

    Los uruguayos, enfundados en esa armadura celeste que devendría histórica habían oído una arenga menos estrepitosa de labios de su capitán Obdulio Varela antes de iniciar el juego: “Muchachos, los de afuera son de palo”. E inició el partido.

    Por el formato del torneo, cuatro equipos llegaron a una suerte de liguilla de todos contra todos en la que el partido decisivo era el Brasil-Uruguay. Para coronarse por primera vez en su historia, a los brasileños les bastaba el empate. Los uruguayos estaban obligados a ganar pues el campeón lo sería por puntos.

    1. Los primeros 45’ se resolvieron con un 0-0 que le daba medio trofeo a Brasil. El Maracaná y Río de Janeiro eran una fiesta anticipada desde los días previos pero a las 15:45 de ese 16 de julio todo Brasil era la locura. Los diarios habían lanzado ya titulares a ocho columnas cantando el triunfo amazónico. Camisetas de “Brasil campeón 1950”, monedas conmemorativas del triunfo y carrozas para un segundo carnaval. Centenares de pancartas que loaban a los once héroes anticipadamente colmaban los pasillos del estadio.

    Y arrancó el segundo tiempo. La epopeya celeste estaba por gestarse. El germen de la rivalidad si bien no venía de hogaño, tampoco se remontaba a los albores de alguna competencia como sucedía entre uruguayos y argentinos. No obstante, entre 1946 y 1950 los cuadros ahora contendientes se habían enfrentado once veces. Uruguay había ganado en tres ocasiones, Brasil en cinco y tres veces habían empatado. De esos encuentros, tres habían tenido lugar en ese 1950 y al menos uno de esos cruces se había dado 61 días antes con triunfo brasileño de 1-0 en el marco de la Copa Río Branco.

    Algo debían de haber aprendido de esos encuentros los orientales que neutralizaron el genio de Zizinho, antecesor de Didí en la media cancha brasileña y evitaron que Ademir, a la postre campeón goleador del torneo con ocho anotaciones, tuviera balones a modo.

    III. A los 47 minutos de tiempo corrido Albino Friaça Cardoso, compañero de Moacyr en el Vasco de Gama venció la cabaña charrúa defendida por Roque Máspoli. Sin aspaviento alguno el legendario Jefe Obdulio Varela se introdujo a la cabaña de su escuadra y tomó el balón colocándoselo pegado a la costilla derecha detenido por su brazo. Alegó un fuera de lugar inexistente con el abanderado inglés Arthur Ellis y luego con el central Reader que amagó con un castigo. Conforme el silencio se hacía en un sorprendido Maracaná por los reclamos de Varela, tuvo el capitán celeste un destello deslumbrante como el Río de la Plata: ganarían.

    Al 66’ Uruguay teje una acción que relanza el juego charrúa. Los uruguayos se hacen un traje de luces con Bigode, Bauer y Danilo. Míguez se apoya en Schiaffino en campo propio y éste prolonga hacia Gambetta que la cruza para Pérez quien elude un par de adversarios y se apoya en Varela que traza al frente para Gigghia que deja por velocidad a Bigode como antes a pura fuerza Pérez se había desecho de Danilo y Bauer.

    Lanza entonces Gigghia un centro medido que Schiaffino prende con una media vuelta letal para vencer a Moacyr Barbosa y marcar el 1-1. Los brasileños, sorprendidos ya por los desplantes tácticos de Varela luego del gol de Friaça asisten incrédulos al empate que de preservarse, sí, los haría campeones, pero Uruguay –aunque no pudieran entenderlo en su cabal dimensión— no les brindaría un día de campo.

    A los 79’ de tiempo corrido Gigghia vuelve a desfondar a su marcador –Bigode— y entre la encrucijada de centrar de nuevo o tirar a puerta, decide por la segunda opción. Un rasante obús va directo a la meta que defiende Moacyr Barbosa. El arquero brasileño se tiende a su izquierda y su 1.74 parece ser suficiente para alcanzar el balón. Parece incluso que lo logra y eso parece bastar para que piense lo ha desviado. El estadio cae en un silencio atroz. En fracciones de segundo Barbosa sabe que el balón está meciéndose en las redes. Se lo dice el silencio del Maracaná y el festejo uruguayo, tromba de abrazos y gritos en un coso ya demudado. Le restan sin embargo 11’ al reloj. A las 16:45 del 16 de julio de 1950 la playera blanca de Brasil que nunca más volverían a utilizar en competencia alguna, es once veces un lienzo para el llanto.

    Un atónito Jules Rimet entregó al capitán charrúa Obdulio Varela la copa casi a hurtadillas mientras un pueblo lloraba, maldecía y moría en el nombre del futbol. La tragedia brasileña y la hazaña uruguaya se habían consumado y por muchos años, Moacyr Barbosa cargó en sus hombros la ira, el desprecio y el coraje de un pueblo que le recriminó en vida, muerte y velorio aquel segundo gol uruguayo que silenció al Maracaná por primera vez.

    1. Minutos antes de que arrancara el partido por el tercer lugar del mundial 2014 entre Brasil –país sede— y Holanda, eliminados los primeros en el Mineirao 7-1 por la trituradora alemana a la postre campeona mundial y los holandeses vencidos por los finalmente subcampeones albicelestes, una toma televisiva hecha por las cámaras que emiten para el mundo la señal de FIFA-TV muestran a un aficionado que sostiene una cartulina en la que alcanza a leerse: Obrigado Moacyr. Para el día en que eso sucede han debido pasar 64 años para reivindicar el nombre de Moacyr Barbosa, el primer portero negro de una selección brasileña que por fin descansa en paz. El único héroe del futbol que ha muerto dos veces, nació por segunda ocasión en 2014: Obrigado Moacyr… Obrigado Alcides… Obrigado…

     

     

     

     

     

     

     

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