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  • Es más tentador aún fijarse únicamente en el mérito

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  • Es tentador atribuir el éxito de una persona únicamente al entorno difícil en el que se desarrolló: a las infinitas penurias que cierta deficiencia le causó, a la precariedad de recursos, a la falta de apoyo. Es más tentador aún fijarse únicamente en el mérito, y no en el éxito como tal: destacar las razones por las cuales otros no lo podrían haber logrado, incluso con todas sus facultades en orden, como nos gusta concebirlas. Tal vez nos resulta sencillamente más sencillo. En fin, encontrar todas las atrocidades del mundo en contra del individuo exitoso es mucho más fácil que cuestionar porqué es realmente su labor es realmente un éxito, y tal vez más importantemente, qué lo hace ser algo así.

    Nos gusta lo extraordinario, lo lastimoso: nos gusta el drama ajeno. Nos maravilla encontrar ese gusto ácido en las penurias que se sobrevienen en los demás, pero no podemos dejarlas así. Tenemos que darle siempre un final feliz: algo por lo que luchar, algo que vencer. Vencer, en fin, ese obstáculo casi romántico que convierte a las metas en inalcanzables ―o más bien, ver a los otros. Saber que los otros vencen, que los otros sufren, que los otros se entregan por una meta. Y es así que nos venden las historias heroicas de los otros, con ese tinte ―que muchas veces resulta insufrible― que nos deja la moraleja: ésa de la superación personal. Éste no es el caso de Regan Matthews, que se presenta a sí mismo como Ta-ku.

    Nacido en Australia, desde niño se vio frustrado porque no podía distinguir los colores como todos los demás. Le gustaba dibujar, y pronto descubrió que los expertos categorizaban eso como artes visuales. Cuando trató de adentrarse en tecnicismos y buscó otras opiniones, esos mismos que se decían conocedores lo descalificaron por utilizar gamas aburridas, sin chiste, y le aconsejaron dedicarse a algo que pudiese hacerlo, si no más feliz, por lo menos más exitoso. No los escuchó mucho, pues siguió haciendo bocetos, pero sí se consiguió un buen puesto en una compañía de seguros médicos, en la que pasó cinco años lamentándose no haber estudiado diseño gráfico.

    Un día, sin embargo, se sintió insatisfecho con su vida, y decidió renunciar. Regresó a diseñar por computadora, y se encontró con que ver el mundo detrás del lente de una cámara también podía llenarlo bastante. Se hizo una cuenta en VSCO ―la red social en la que se suben fotos sólo por el amor a la fotografía, supuestamente―, y muy pronto la compañía le pidió hacer un proyecto en conjunto. La gente estaba respondiendo muy bien a las actualizaciones de su perfil, y en poco tiempo empezó a promocionar videos musicales que hacía en conjunto con otros artistas.

    Toda esta producción, por supuesto, bajo la seña distintiva de los tonos pastel, apagados, áureos, casi etéreos que caracterizan su propuesta artística. Ser daltónico, sin embargo, no fue su acierto, ni la razón última de su éxito: fue más bien ―y únicamente― un medio para un fin superior. La gama que ocupa Ta-ku para desenvolver su propuesta artística es asertiva porque dota a su trabajo de una luminiscencia particular, única. Dota a sus retratos de una capa casi imperceptible, que los eleva a otro nivel de entendimiento. Es por esta razón, que los tonos que él ve saturados confieren un aire místico a su producción artística, y se crea una dualidad interesante entre el autor, lo producido y el espectador: un cuadro de luminiscencias cambiantes y alternativas, que rebasa cualquier atisbo moralista que una deficiencia física pudiese conferirle.

     

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