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Los lectores tienen la palabra

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Leer es un acto de escapismo y también, por qué no, un acto de orgullo según Borges
31 de Marzo 2016
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El lector emula a Houdini. Leer es un acto de escapismo y también, por qué no, un acto de orgullo según Borges, propenso a validar los textos de sus clásicos ingleses antes que los propios, clásicos desde siempre por derecho propio.

Solemos preguntar a los autores, si hay oportunidad, el por qué escriben. Las respuestas, variopintas, no necesariamente son sensatas; a veces algunos escritores olvidan que el libro es un trinomio: autor, editor, lector. Y que el escritor necesita del lector tanto como necesita de un editor. El resto corre por cuenta de la obra y como es sabido, en gustos se rompen géneros.

Regresemos a Houdini y a Borges. Leer es un acto de escapismo y de orgullo. Una fuga hacia adelante, una vuelta al pasado; una travesía en el desierto, un desacato al orden imperante, un descubrimiento, una confirmación, un viaje alucinante donde los lectores, hoy, tienen la palabra.

¿Por qué leo?, pregunto a @Azafran_ConMiel, @danielabr3, @FernandaDiazCh1, @Tormentadenoche, @EP_dice y @hector_suarz aquí citados alfabéticamente por la inicial de su arroba en Twitter.

Estas son sus respuestas, entremezcladas e indicado claramente su autor. Cada uno de los convocados deja constancia de su vocación lectora que es también escritura.

“Leo –dice @hector_suarz— porque es divertido, porque encuentro placer en sentarme y desconectarme de todo. Porque disfruto de la emoción y ansiedad que me genera abrir un libro teniendo sólo una vaga idea de lo que trata. Porque darle la confianza y libertad al autor para que me lleve por encuentros, lugares y emociones que no conocía nunca deja de ser emocionante”, porque leer es –y esto no lo dice @hector_suarz— un acto lúdico que siempre nos sorprende.

Del mismo modo, sobre el acto de leer, @danielabr3 apunta que es: “Despertar un domingo viviendo un apasionado romance epistolar en Jerusalén, gracias al tono intimista de David Grossman y esa misma noche llevarme a la cama a Pessoa y entre las sábanas contagiarme de la amargura de Bernardo Soares en “Libro del desasosiego”. O la posibilidad de: “Vivir cada semana decenas de vidas, recorrer las calles de Alejandría de la mano de Lawrence Durrell o las calles de Brooklyn con Paul Auster”.

Al mismo tiempo, señala @Azafran_ConMiel: “Leer me alimenta, me seduce. Soy una amante de las palabras. Las ideas transformadas en historias, resultan de un atractivo imposible de desdeñar como las caricias del ser amado. Junto al amor por las letras nace la necesidad imperiosa de lamerlas y acariciarlas, a veces sin prisa y otras con hambre furtiva. Y es que leer transforma, nutre, llenando esos espacios de todo lo que se quiere vivir y que nunca se podrá ser”.

Leer es, puesto en otra perspectiva, la posibilidad de viajar, ser y hacer; reconocer y reconocerse, aventurarse dice @FernandaDiazCh1, cuando advierte que la lectura supone descubrir: “Letras conjuntas creando palabras que, en una sublime danza de signos y de acentos dan forma a pensamientos. Eco de tus ideas y voz de tu pensar, en donde el velo cenizo de tus secretos y de tus miedos más profundos cae pausadamente para descubrirte a ti.
Recipiente cristalino de alegrías, de gozos y también de amor. Leo y veo el mundo a través de ti. Ya no soy únicamente Yo. Recorro el sendero de tus historias dejándome llevar libremente por el suave reflujo de tus sueños, hasta topar con tus realidades vividas y con aquellas no vividas”.

Porque en el acto de leer, precisa @Azafran_ConMiel, “…descubro y me sumerjo a mundos diferentes, distintas vidas, sentimientos nuevos. Leer me permite arroparme con la piel de otro, andar caminos con otros pies, besar los labios suaves de una mujer, ser una cortesana, un guerrero, un pirata. Vivir el amor y el desamor, arrojarme a los brazos de un desconocido, hablar con un ángel, ser un espía, intrigar contra un gobierno o salvar al mundo. Y en esas mil vidas, salvar la mía. Aderezarla. Construirle puentes [que] todos los días […] contribuyen a mi libertad. La lectura nos regala independencia y una libre e incondicional compañía a la soledad elegida o no” para luego citar a Sara Sefchovich cuando en “La señora de los sueños” escribe: “Aprendí a leer y mi soledad encontró compañía…”.

Porque al leer, indica @danielabr3 se puede: “Ser una y mil personas, vivir cientos de amores, ser hombre, ser mujer, ser niño, ser anciano, ser bella, ser alta, ser un atractivo escritor noruego recién casado o un seductor médico en Praga, ser hasta un perrito en el Flush de Virginia Woolf. Robarle un beso a Mr Darcy y pasear por la campiña inglesa. Vivir en todos los tiempos, todos los siglos, multiplicar mi vida, meterme al alma y a las pasiones de otros, desdoblarme, guardarme un rato y ser otra, continuamente otra. Y después, regresar a ser yo misma, enriquecida, con miles de ojos y un mundo inagotable dentro”.

Ese mismo mundo donde @Tormentadenoche señala: [Leo…] “Tal vez porque no puedo alcanzar todos los mundos que quisiera, o por soberbia natural, o porque muy niña recuerdo un buró junto a una cama lleno de libros, un vaso de agua, el calor de una ciudad del sur de México y mi padre en un mundo casi paralelo, en el que, (por su cara mientras leía) no se sentía como el mío; o quizá porque descubrí que había libros prohibidos para mi conservadora familia, libros “liberales”, “pasionales”, “pecaminosos”, “oscuros”, ¡Dios Mío… izquierdosos!”; porque al final del día, tal y como postula @EP_dice “…leemos para satisfacer curiosidades, conocer mundos, para jugar en ellos. Leemos para imaginar las imágenes que hoy nos regala internet con descaro y prepotencia. Leemos para confirmar que hay otros mundos dentro del mundo de cada uno. Por y para eso, yo leo”.

Y también porque, retoma el hilo @Tormentadenoche, “…hay un placer intrínseco que me lleva del dolor, a la agonía, al sexo, al misterio a la guerra, a la revolución, a la historia. Leo porque hay quien hace música y danza de las letras. Leo porque a veces encuentro eso que amé con profunda ingenuidad en mi niñez, o por lo que sufrí con amargura de adolescente o porque justifico mis pecados en los de todos los personajes que van rondando libro a libro. Y he llegado a pensar que hoy -esa etapa de la vida adulta llena de resignación- leo sólo por sentirme viva, cómo si tuviera otra vez el cabello negro, largo, revuelto en la almohada de una cama ajena, pero conocida”.

Se lee también en clave de introspección, en sede de pertenencia, en pos de entender y saber, como plantea Tomás Eloy Martínez “En memoria de Susana Rotker”, para entender que “Todo texto es fatalmente autobiográfico…” y supone un abandono de esa “voz impersonal y objetiva” que el lector recoge al concebir “…la literatura como un ejercicio de dudas” que en la lectura encuentran respuestas y preguntas, que en el planteamiento de @FernandaDiazCh1rebosan contundencia cuando dice, en sede de lectura que: “Leo y navego en tu interior, y me hallo en mundos que no son los míos, que nunca lo podrían ser y también en aquellos que son los míos pero que veo con tus ojos. Y de pronto, veo con más ojos, pienso con más cerebros y siento intensamente. Vivo con vidas diferentes que aunque no son la mía siento que me pertenecen. Leo y estoy aquí, y estoy allá, allá a donde tú me llevas, a donde quieres llevarme y como en un trance seductor, simplemente me dejo llevar hacia ese lugar donde no llegaría si no fuera por ti”.

Y agrega: “Leo y sueño y rio y lloro y me transporto. Camino entre las calles mudas de mi presente, estas que camino ahora. Camino por aquellas calles viejas y olvidadas que alguna vez caminé y por las que algún día caminaré. Camino caminos nuevos, los que tú compartes conmigo. Y el mundo está a mis pies. Vivo en tu cuerpo, en tu pensamiento, en tu cultura y en tu tiempo. Leo y soy Yo y soy Tú, soy muchos y soy todos. Y así… leo”.

Regreso a Houdini. Me he escapado junto con estos lectores: @Azafran_ConMiel, @danielabr3, @FernandaDiazCh1, @Tormentadenoche, @EP_dice y @hector_suarz por el territorio de sus lecturas; la deconstrucción de sus textos me ha permitido imaginarlos frente al ordenador, el teléfono o la tableta, creando a partir de sus lecturas, los renglones transcritos. Si razones para leer hicieran falta, en cada uno de estos párrafos hemos encontrado una más. Esta columna tiene una abultada e impaga deuda de gratitud con ellos. Decirles ¡Gracias!, no es mero formulismo.

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