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Los abuelos tienen mucho que contar

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Hablaban sobre sus años como trabajadores, de adolescentes, los amores que tuvieron, sus días jugando futbol...
03 de Septiembre 2016
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Venía sentado en el transporte público, había muchos pasajeros que con trabajos se acomodaban a lo largo del pasillo del autobús, algunos como yo cómodamente sentados y otros parados, empujándose y pegando sus cuerpos unos contra otros, el calor era bastante intenso, todas las ventanas del camión venían abiertas, incluso el aire acondicionado estaba encendido, lamentablemente era insuficiente.

De pronto comencé a escuchar una conversación, dos adultos mayores que estaban sentados frente a mí platicaban y se reían continuamente, poco a poco fui poniendo más atención; el primero tendría más de 60 años se le notaba el paso del tiempo en su cara y en su cabello que era completamente cano, llevaba consigo su bastón y un sombreo color negro, en sus manos tenía una bolsa de chicharrones completamente llena, su botana estaba acompañada de crema y salsa, “Ándele compadre cómase un chicharroncito, están muy buenos”.

El otro señor se veía un poco más joven, era más delgado, de buen semblante y con cara amigable, con el cabello blanco y al igual que el otro llevaba consigo su bastón, “no compadre, si me los como me hace daño”,  creo que aunque decía que no quería en el fondo se le antojaba la botana de su compañero; “ya ve que cuando uno ya está viejo todo puede ser malo”.

En cada parada la gente seguía subiendo y bajando como todos los días, “no sea miedoso compadre, total si nos toca morirnos pues ya ni modo, ya la vivimos y la gozamos, ¿a poco no? Ándele no se resista están bien buenos”; desde mi lugar alcanzaba a ver todo completamente, una chica que estaba parada frente a los señores comenzó a reírse por la insistencia del hombre de los chicharrones, “usted también cómase uno señorita están muy buenos”, la joven tomo un chicharrón y se lo metió a la boca, mientras el señor le entraba con alegría a su botana.

“Bueno compadre me voy a comer uno, pero nomás uno, si mi vieja se entera que como chicharrones la que se me arma”, comentó el más joven. “No le digo, siempre de mandilón, total no se va a enterar no creo que alguien de aquí lo vaya a echar de cabeza”, replicó su compadre, era bastante divertida esa conversación. En uno de los asientos reservados viajaba una señora también de edad avanzada que cargaba dos bolsas llenas de mandado, seguramente venia del mercado.

De pronto en uno de los semáforos un joven que venía en un automóvil  gritaba desesperado y hacia señas para que la señora volteara, cuando ésta miró hacia fuera de la ventana, reconoció a su hijo que viajaba en el coche, el muchacho le hizo señas para que su madre bajara del camión y se fuera con él. Como pudo la mujer se levantó tomó sus bolsas y bajo en la siguiente parada, ahí ya la esperaba su hijo quien la ayudó con la carga.

Nuevamente retomé mi atención en los hombres que viajaban junto a mí, hablaban sobre sus años como trabajadores, de adolescentes, los amores que tuvieron, sus días jugando futbol, etcétera. Y así como iba avanzando la plática, entre los dos se terminaron la bolsa de chicharrones, antes de que uno de ellos bajara del camión se pusieron de acuerdo para verse otro día.

Mirando a esos dos grandes amigos de toda la vida recordé a mis abuelos, esos que un día fueron jóvenes y tuvieron sus aventuras, también pensé en todos esos abuelos que sus hijos los dejan abandonados en asilos de ancianos, a los que sus familiares los ponen a pedir limosna o a vender chicles, a los que les quitaron sus casas con engaños; a los que duermen en las calles al no tener ni familiares, ni casa; también a los que sus hijos los maltratan y los golpean. Me sentí afortunado de tener aun a dos de mis abuelas con vida y saber que no viven una situación así, creo que la gente que le hace mal a los adultos mayores no se ha dado cuenta que un día ellos también estarán en esa situación ya que dicen que la vida da muchas vueltas.

Los adultos mayores deben ser respetados y admirados, son un baúl lleno de experiencias, de historias, de vivencias que todos deberíamos aprovechar y aprender de ellos. No olvidemos que un día nosotros fuimos pequeños y ellos nos cuidaron, enseñaron, amaron y tuvieron paciencia en cada error o desatino; ahora es nuestro turno de amarlos y respetarlos como ellos lo hicieron. Protejamos a los ancianitos, sean o no nuestros familiares, pues simplemente son parte de nuestra sociedad.

Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico elbone089@gmail.com

El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol.

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