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  • Andrea Fischer
  • Lo absurdo y lo verdadero

  • Para nosotros, el hecho de que un juicio sea falso no significa que deba desecharse (…)

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  • Para nosotros, el hecho de que un juicio sea falso no significa que deba desecharse (…) ―renunciar a los juicios falsos sería renunciar a la vida, negar la vida.

    Friedrich Nietzsche

    La sala está repleta de la más alta aristocracia de la Francia. Se les ve a todos: artistas emergentes, periodistas, funcionarios públicos y esposas que acompañan a sus maridos, sonrientes, plastificadas, con un tinte tenso en la mirada. Y parece que se lo contagian a los demás, reunidos ahí por una misma causa y bajo un mismo pretexto: la Baronesa Dumont ofrecería un recital de ópera para los niños que la guerra había dejado indefensos. Se siente el nerviosismo de la audiencia expectante. La incomodidad es evidente, pero se disimula con la plática estruendosa de aquellos que prefieren no pensar en lo que está a punto de suceder.

    Los recién llegados se impresionarían de ver a las grandes voces del Conservatorio abriendo el evento: interpretan oratorios de Händel, Las bodas de Fígaro, de Mozart, y todo parece indicar que se trata de un evento memorable, de una fineza y calidad exquisitas, que sólo los oídos más selectos serían capaces de apreciar. Y todo el mundo espera a la Baronesa, pues ella misma se tomaría la molestia de deleitar a sus invitados con su voz. La casa se cae de adornos, de fotografías de la señora con disfraces correspondientes a distintas óperas y de personas que ven que todo esté marchando como debería. El asombro de los nuevos invitados contrasta con la mueca incómoda de los espectadores recurrentes, que ya no están sorprendidos en lo absoluto.

    Con esta imagen es que Xavier Giannoli nos presenta a la sociedad francesa de la segunda década del siglo pasado: bien vestidos, heterogéneos y con la mirada inefable de la inconformidad, que se ve interrumpida forzosamente por la conveniencia. Es así: todos con un porte exquisito, simpáticos a disgusto y cubiertos inevitablemente con el velo del interés. La Baronesa es, sin duda, la benefactora de muchos de los ahí presentes, así que más valdría darle el gusto de atender respetuosamente a su reunión musical.

    Es un marco que sabe intercalar fronteras: por un lado se tiene la suntuosidad de las clases altas, en esa falsedad magistral que se tiene al buscar un fin distinto al de atender a un evento cultural; por otra parte, está la crudeza casi innecesaria ―y sin embargo, eternamente presente― de un público conocedor, que realmente sabe de qué se trata toda la parafernalia, y que de cualquier manera, no se atreve a decir nada. Esperan en silencio, con una sonrisa que no les cabe en los labios y con los tímpanos latiendo en un dolor punzante que anuncia una desgracia inminente.

    Giannoli logra contrastar lo delicado, lo hermoso, lo cristalino y lo falso con la acidez amarga de las mentiras tejidas para agradar a una mujer que vive enredada en una fantasía musical. Marguerite refleja dualidades en armonía y contrastes que. Es una película que sabe tratar al absurdo a través de justificaciones, que logra mostrar matices, y que utiliza la hilaridad para exponer verdades crudas, que siempre quedan evadidas, suprimidas, sin decir. Es así que esta película pone en cuestión los límites de la realidad: es un enfrentamiento de dos categorías que podrían parecer unívocas, pero que rompemos cotidianamente por conveniencia, comodidad, e incluso, por amor. ¿En dónde quedaron las barreras inquebrantables entre lo verdadero y lo absurdo?

     

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