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  • Mural de Abu Malik en Siria
  • Andrea Fischer
  • Las paredes grises de Damasco

  • Abu Malik ha hecho de Damasco su galería y frente de batalla: un soldado rebelde que escogió el grafiti sobre las armas

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  • Una pared se alza sobre una pila de escombros: hay muchos montículos formados ya ―tal vez demasiados―, y éste no representa gran cosa. Es uno entre la multitud silente, y nada más. Lo que realmente llama la atención es la pared. No se sabe si formó parte de una escuela, o dio un hogar a una familia antaño: lo cierto es que no hay nadie quién lo cuente, y el silencio se hace cada vez más grande en la oquedad de ese espacio vacío, que nadie habita, que nadie alcanza, que nadie ve.

    Desde dentro, pareciera que son ladrillos que aguantaron la destrucción: una ruina más de aquel país olvidado ―uno más despojado de sus recursos por los intereses de otros―, y el panorama mantiene su gama en esa monotonía gris de las presiones asumidas y las tragedias que se entienden como cotidianas. Sin embargo, si se ve desde el exterior, hay un grafiti: una niña azul con un vestido negro que, en la cima de una montaña de calaveras, escribe hope con una mano en alto, y la otra, pegada al cuerpo.

    Como ésta hay varias: un soldado que dispara un cañón de rosas, una madre que toma a su bebé en brazos mientras una bomba estalla, una luna que llora a los escombros de una ciudad quemada. Todas en silencio, ya no como un acto de vandalismo, sino como una declaración de una cotidianidad impuesta, inexorable y cruda: algo que no se escogió, pero que fue impuesto como una elección de otros, que quizá hablan en inglés y en otros idiomas que nada tienen que ver con la tierra que remueven y las casas que quiebran.

    Los murales de Abu Malik al Shami han cruzado las fronteras Sirias de la misma manera en la que Banksy se hizo un nombre: la cultura del consumo de imagen le han dado un lugar en los medios, a pesar de la época, de las razas y de la ceguera continental. Ha hecho de Damasco su galería y frente de batalla: un soldado rebelde que escogió el grafiti por sobre las armas de alto calibre, y el árabe por sobre las lenguas más universales. Él no tiene a su disposición paredes completas, pero le sirven de cualquier manera: entiende que la obra no sería la misma si los bloques estuvieran bien definidos, y deja el caballete para artistas de otro estilo.

    Y como de entre los pavimentos polvorientos pueden crecer plantas, de las ruinas de una capital ensangrentada emergen obras de arte: de ésas de una ironía exquisita, que ve a los suyos y encara a los ajenos, que son gritos de guerra y marcas dignas de un pueblo sin voz, al que se ha sofocado por estar más allá del mar occidental. En los murales de Abu Malik al Shami gritan los refugiados y exhalan los desaparecidos: existen como un complejo artístico que engloba al malestar anímico del siglo XX, y que se redime sólo un poco con el brazo alzado de una niña de tinta que escribe esperanza con el brazo alzado sobre una pared que ya no está en blanco.

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