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  • Deslavadas, grises, pobres bestias negras

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  • Toda mercadotecnia, incluso la utilizada para “vender” un libro, puede ser engañosa, a veces. “Eliseo de la Sota es el hombre que mueve los hilos de la cultura en una entidad cualquiera, con un presupuesto, aunque menor, interesante. Su capacidad directiva va más allá de la organización de festivales pequeños, obras de teatro, conciertos menores: también mueve la vida de sus cuatro subordinados más cercanos, al grado de la humillación y la crueldad”.

    Primera palabra: promete. Sí, Las bestias negras de Jaime Mesa, promete o más bien, la mercadotecnia a desplegada por Alfaguara en la contraportada presentaba la obra como algo que “prometía”, reforzada por una cita de Antonio Ortuño sobre el autor de quien afirma “se interna en los terrenos de la ambición y el vacío y regresa siempre con una buena historia que contar”.

    Letras libres, el mensuario que dirige Enrique Krauze y Confabulario, el suplemento cultural que cada domingo publica El Universal presentaron, en su momento, fragmentos de esta novela bastante floja, poco atractiva y que se queda en promesa al bordear límites que, en Las bestias negras, devienen lugares comunes en su menos conocida expresión, la de repositorio de desechos: amores lésbicos, raptos de homosexualidad, esbozos de maldad, la peregrina idea de que todo tiene un precio y una serie de rasgos desvaídos que pretenden retratar a Eliseo de la Sota, Reza Martínez, Jimena Rodríguez, Leonardo Osorno, Marcelo Combs, Eucario Vega o a la prófuga Nydia y situaciones de pretendido humor que rayan en lo patético: “a ver, tú, idiota, ve al hotel y dile a Fito Páez que quiero beber con él”, un enunciado que bajo ninguna condición se desprende como posible, y muchos menos creíble en tanto que hay una incapacidad palmaria para subvertir la realidad y volverla creíble a los ojos del lector.

    La novela también pretende ser “política” dicho por su propio autor en alguna entrevista cuando señala que ésta: “…es mi novela más política”. Si retazos de obsecuencia, manipulación, actos de corrupción más o menos disfrazados y acumulación de secretos son política, es seguro que Luis Spota se carcajea desde los tomos que conforman la costumbre del poder: Retrato hablado, Palabras mayores, Sobre la marcha, El primer día, El rostro del sueño y La víspera del trueno. Mesa nada sobre la superficie, no bucea; opta por el filete pero ignora la labor del matarife en el rastro.

    Como los antiguos oidores de la Real Audiencia, En Las bestias negras Mesa se limitó a oír para sentenciar causas y pleitos en una innominada aldea de provincia donde la megalomanía de Eliseo de la Sota raya en lo ridículo al grado que Eucario Vega, su intento de némesis, no es más que el borroso espejo de aquél y Marcelo Combs, apuradamente, un manipulador más o menos hábil que trabaja sólo para su propia causa.

    En su final, Las bestias negras coinciden con su inconsistencia inicial y deviene anticlimática. Queda a deber. En la entrevista que Mónica Maristain hace al autor para sin embargo.mx, la periodista advierte que Las bestias negras es una “… novela, que a nadie dejará indiferente”. Tiene razón y quizás lectores no le sobren a Las bestias negras pero sin duda, luego de leerla, la vida seguirá, como dice Sabina, “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”. Algo así como Las bestias negras, pero sin música.

    Empero, no considere esta reseña como pretexto para no acercarse a Las bestias negras; antes bien, que sirva de acicate para la lectura. Al final todos tenemos nuestra propia bestia negra y nunca está de más recordarlo. (Jaime Mesa, Las bestias negras, Alfaguara, México, 2015, 253 pp.).

     

     

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