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  • Andrea Fischer
  • Halos sincréticos

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  • El Mississippi se extiende con un flujo constante: corta la tierra con su paso tranquilo, como una respiración milenaria que ya ha visto pasar mucho —tal vez demasiado. A sus lados se alzan muelles de madera y rivieras rocosas, y cuando alcanza Nuevo Orleans, un aire triste —tristísimo— parece detener su cauce apasible. Hay un pulso que retumba desde dentro: algo que extralimita el entendimiento de los hombres insensibles, y que se expresa en forma de Jazz, como el vapor que sale de una olla exprés.

    Y es extraña la manera en la que esta vibra se extiende: se materializa en músicos callejeros, y en muñecos voodoo esporádicos que miran a los turistas desde las ventanas de los locales comerciales. Pero el sabor extravagante de la ciudad no se limita a la brujería casual a los callejones menos transitados del barrio francés: mirando a la catedral de St. Louis de frente, las mujeres montan puestos de tatuajes de henna, lecturas de mano y cartas de Tarot.

    Es interesante que las dicotomías estrictas que la religión establece se quiebren así. Pareciera casi una sátira: las barreras rígidas de la moral puritana de Estados Unidos se transgreden cuando la gente paga por saber su futuro después de ir a misa. Pasaron al confesionario para pedir clemencia: la curiosidad por el porvenir puede más que la rutina dominical.

    Las adivinas los reciben con gusto: en Nuevo Orleans no hay homogéneos. Lo cotidiano es el whisky, la música y la buena vida que ofrecen las cantinas de Bourbon Street. El ritmo de los jazzistas anula las tensiones de lo que se esconde en las cartas y lo que el sacerdote predica. Pareciera que se confunden, que juegan a la par, que son uno mismo: al final, el incienso de cada uno no se distingue cuando cae la noche. 

    Sin embargo, esta dinámica no es intencional: pareciera que una fuerza casi sincrética los magnetiza, los une. Es como si uno no pudiese ya existir sin el otro, como en una codependencia cultural asentada en la tierra que los ata para siempre. Puede verse en la gente. Los locales ni siquiera los miran ya, pues forma parte de su cotidianidad. Los de fuera se asombran, pero lo toman como parte de la experiencia: algo sí turístico, pero también estético, esencial, etéreo. Los halos de ambas tradiciones se entremezclan, y alcanzan a los presentes con sus esencias particulares: se les ve en el brillo de los ojos, que cuando se marchan, desaparece. 

    La noche cae a las cinco de la tarde. Los negocios encienden letreros de neón, los bares tocan tonos más profundos, y la ciudad se prende en colores diferentes. La catedral cierra sus puertas y los gitanos levantan sus puestos. Entonces, la plaza se ve un poco más grande: el atrio se amplía y parece que hay más gente —pero la vibra no se apaga. Queda más bien latente, en el aliento lento y pesado del río, que sigue su cauce sinestésico, más allá de los muelles de Luisiana. 

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