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  • Cecilia Durán Mena
  • Hace veinticinco años

  • Internet, una de las revoluciones más radicales que ha vivido la humanidad

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  • Internet se hace grande, cumple veinticinco años y en esta celebración va también una de las revoluciones más radicales que ha vivido la Humanidad en su Historia. A partir de su nacimiento cambió todo: la forma en que nos relacionamos, aprendemos, percibimos el mundo: en fin, la forma en que vivimos.

    En un cuarto de siglo, ha habido tantas modificaciones que, si echamos una mirada al pasado, apenas nos reconoceríamos. No entendemos cómo hicimos para sobrevivir sin tantas facilidades.

    Hace veinticinco años todo era diferente, distinto de verdad. Si se quería hablar por teléfono había que acercarse al aparato y discar el número para lograr la comunicación. Hoy la gente ya no habla, manda mensajes llenos de símbolos para expresar el estado de ánimo.

    Las computadoras eran esos aparatos súper modernos que tenían un lugar especial en la casa de los afortunados que lograban poseer tan extraordinario artilugio. En estos días, las computadoras de escritorio van de salida y la vida la tenemos en el puño contenida en un aparato inteligente.

    Con el cambio de milenio vino la euforia digital. Hace diez años el mundo emergió de la debacle de las punto com y se empezó a considerar a la Red como un espacio de posibilidades infinitas que benefician además de a los geeksy nerds a la gente común y corriente.

    La gratuidad de la información, la facilidad para entrar y convivir con el mundo virtual, la reducción de costos de operación y la posibilidad de vivir vidas paralelas en las que no se está provisto de cuerpo, de belleza, de dinero, transformó a la humanidad en un plazo muy corto. Tan corto que muchos aún ni se enteran de lo que pasó y otros ya están modificando lo que ya cambió.

    Hace apenas un cuarto de siglo las siglas TIC no significaban nada ya han dado más de lo que prometían. Cualquiera con un aparato adecuado que se conecte a la red puede conversar y ver al otro que puede estar separado por océanos y mares o a un metro de distancia. Créanme, he visto gente chatear que está sentada codo a codo. Hace veinticinco años las conversaciones hacían uso de algo tan pasado de moda como la voz.

    Falta mucho más. Las compañías están usando financiamiento mediante donativos que hacen los usuarios de las redes sociales, los consumidores participan en el diseño de productos y la gente con discapacidades ha encontrado un estupendo terreno de desarrollo, los escritores publicamos en físico y en electrónico, el mundo está inundado por imágenes digitales, hay sitios para todo tipo de gustos y estratificados por edad, la lista puede seguir ad infinitum.

    Las tendencias suelen ser pendulares, ya lo sabemos. La virulencia de las redes sociales empieza a sentir el yugo de tanta popularidad. Ha diez años de estar sumidos en la hiperconectividad hay quienes prefieren un poco más de privacidad. Ya hay redes antisociales, plataformas que ayudan a escapar de los demás. Redes como Cloak que tiende un velo virtual sobre la persona.

    Unbabyme.com que protege al usuario de las múltiples fotos que los padres orgullosos suben de sus monaduchas, son redes que cuentan ya con doscientos mil usuarios. No son muchos si se comparan con las cifras de Facebook o de Twitter, pero no son pocos.

    Hace veinticinco años nos resultaba impensable hablar por teléfono en el coche, hoy eso representa una de las causas de muerte más frecuente. De pronto, los códigos cambiaron, ser moderno era estar pendiente de una pantalla, escuchar al lejano y desentender al próximo.

    Hoy, ya hay lugares que exigen dejar el celular sin sonido antes de acceder. Cines, salas de concierto, recintos religiosos, universidades, académicos, padres de familia queremos gente aquí y ahora, presentes y atentos. Los códigos de educación se adaptan, si no quieres pasar por un ordinario hay que guardar el aparatito en ciertos espacios.

    Queremos aprovechar y usar la tecnología a nuestro favor. Aprender y enseñar el uso ordenado de los aparatos, y como me decía mi abuelita hace veinticinco años, hay un lugar para cada cosa para que cada cosa esté en su lugar.

    Sí, hace veinticinco años todo era tan diferente, sin embargo, estoy convencida de que lo esencial sigue igual.

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