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Gallery Weekend y espacios de diálogo

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La dinámica económica que se derrama a partir de este tipo de eventos es ineludible
26 de Septiembre 2016
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Se tiene la idea de que en México no existe inversión alguna para el arte y sus quehaceres: aquella concepción bien arraigada de que en eso nadie se fija, de que nadie se ocupa de eso, de que no se le da la importancia que necesitaría, de que nadie lo atiende con el rigor necesario. Pruebas nos sobran, pero castigar en términos tan generales al lugar ―y desarrollo― que se le ha dado a la producción artística en el país sería un error. Con el interés más o menos genuino de los millenials por el arte, se ha creado un nicho de oportunidad interesante y fructífero que se ha sabido aprovechar bien en los últimos años. Prueba de esto es el Gallery Weekend, que se llevó a cabo este fin de semana en la Ciudad de México.

El proyecto consiste en crear un cluster de artistas que expongan en galerías más o menos cercanas, para que se generen circuitos que puedan caminarse a pie. De esta manera, además, se
les da un espacio y nombre importantes a los artistas emergentes que quieren darse a conocer. El arreglo con la sala de exposición es particular a cada una, pero funciona bien, ya que se presta muy bien a que no solamente expongan durante el fin de semana, sino que se pueda comerciar la obra con todo aquel que guste llevársela.

Es igualmente interesante analizar lo que sucede dentro de los espacios de exposición. Si bien se genera una dinámica interesante en la que el artista está presente durante el evento ―que
dura alrededor de unas cinco horas― y puede ver la reacción del público interesado, se crea también un espacio de diálogo abierto entre el que expone y el que recibe la exposición. Además
de esto, el ambiente inherente de esnobismo que existe en los medios artísticos está eternamente presente ―pero está bien, porque es parte de la experiencia: el patrocinio de alguna cervecería
importante, gente del medio que interactúa con la obra para criticarla y llevarla a los medios de comunicación, otros que no tienen idea de lo que están viendo, pero son también parte de la
diversidad general del momento.

Además, la dinámica económica que se derrama a partir de este tipo de eventos es ineludible: los patrocinadores no cobran por su producto, pero se queda ya en el imaginario de los
asistentes. Está también el nombre que se ganan las galerías al momento de abrir sus puertas al público, y la ganancia ―por más mínima que sea― que el artista se lleva al poner en contacto su
propuesta con el exterior. Este tipo de movimientos funcionan, porque no únicamente se prestan para la promoción de la producción artística nacional actual, sino que generan un interés genuino
por parte de la población a acercarse a este tipo de espacios, perfectamente gratis para ellos, y con un aporte indirecto para los distintos organizadores del evento.

Y todo es parte del manejo bien cuidado que se le da al quehacer del arte en nuestros tiempos: se le disfraza con una cortina esnob que los más ajenos compran, se da un espacio más
para los interesados, y se permite una dinámica inteligente que promueve y da un lugar especial a lo que el arte nuevo en México ha de traer consigo. Diálogos: en diferentes niveles, en diferentes esencias ―pero diálogos finalmente.

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