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  • Andrea Fischer
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  • Y ahora sí logró entrar al vagón

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  • Se sube casi errando el paso. Casi pierde el tren, otra vez. Nadie nunca se fijó que iba a subirse: siempre se arranca, en una deriva férrea, a la ciudad siguiente. Pero ella tiene que tomar el tren. Trabaja, tiene varios hijos que atender, y quizás ―muy seguramente―, no cuenta con el apoyo de nadie más. Es ella, su esfuerzo y lo que pueda sacar para el día. Nada más. Y ahora sí logró entrar al vagón: el más destartalado, el más viejo, el que tiene menos asientos, pero el que, al final, está destinado exclusivamente a ellas. Se aferra al tubo de metal oxidado para no perder el equilibrio, y ve cómo la estación se hace borrosa conforme la máquina avanza.

    ​No es la única, evidentemente. Y tampoco es la primera parada que el tren hace. Muchas vienen de lejos para trabajar en Bombay. Ellas no le encuentran el tinte exótico del que Occidente reviste al destino turístico. Ellas ven más bien a la ciudad como una oportunidad ―tal vez la única cercana―para sacar a sus familias adelante. Hace rato que los hombres no son suficientes para eso. De cualquier manera, se tienen que levantar antes de que haya luz para poder llegar a tiempo a la estación. Muchas veces, el tren no las espera y tienen que tomar otros que no las deja en su destino.

    ​Y es que los otros trenes son problemáticos. Si bien es cierto que tienen mejor mantenimiento, los vagones mixtos son difíciles para las mujeres que viajan solas. Las miradas de disgusto ya ni siquiera son la preocupación: una humillación de ésas pasa desapercibida si se contrasta con los empujones, las pisadas y las manos ajenas que no encuentran lugar en su propio cuerpo. Las agresiones sexuales en el transporte público de India habían sido un problema como lo son en todos los lugares atiborrados de gente.

    No fue hasta que los medios internacionales de comunicación se interesaron por el acoso sexual que el gobierno decidió dar un lugar especial a las mujeres que viajaran solas. Solas, como cuando no se va con un hombre como acompañante, pues ésa ha sido la definición desafortunada que el machismo nos ha dado a entender. Las raíces malnacidas de la discriminación se hundieron demasiado rápido y muy a lo profundo, y lo que se logró hacer fue únicamente en la superficie, donde todo puede cortarse con tijeras de punta chata.

    El número de violaciones registradas en el 2014 escandalizó al mundo: 35,000 víctimas les pareció suficientemente malo, y decidieron hacer algo al respecto. Malo porque se les salió de las manos. Malo porque no podían mancillar la imagen pública del país de esa manera. Malo, porque saben que no le pueden dar una solución rápida, y necesitaban hacer algo que los librase de la mala pasada cuanto antes. Así que decidieron sacar la imagen de los vagones exclusivos para mujeres: para resguardar su integridad, para asegurar un medio digno de transporte, para dar un lugar seguro ―en fin, para salir del paso fácil.

    Entonces las mujeres en India ya gozaban de una exclusividad nueva. Una que no se les había concedido antes, y que seguramente no tenían pensada. Pero la exclusividad tiene límites estrictos: en este caso, se marcan con el desprecio, el óxido y con las horas de viaje para encontrar trabajo ―muchas veces, infructuoso

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