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Barack Obama hizo una visita de condolencia a Japón
06 de Junio 2016
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Barack Obama hizo una visita de condolencia a Japón en conmemoración a las almas desistidas durante los ataques nucleares que devastaron Hiroshima y Nagasaki en 1945. No fue en afán de pedir una disculpa, sino de hacer un acto de presencia enfrentando la vergüenza del pasado. Si bien es cierto que la intención no era enmendar los errores de sus antecesores, fue un acto político que contrasta la actitud de los contendientes que pretenden sucederlo en el poder: habló del silencio solemne que se desprende del discurso interior, y de la manera en la que los que fallecieron entonces reafirman lo que deberíamos de ser hoy ―y a lo que se tendría que aspirar a futuro.

Este discurso fue parte del viaje que hizo para visitar a Shinzo Abe, el primer ministro japonés. Sin embargo, la trascendencia de esta visita va más allá de una reunión de relaciones internacionales: Obama es el primer presidente de Estados Unidos que encara la atrocidad que terminó oficialmente con la Segunda Guerra Mundial, y que dio paso, a manera de un eufemismo necesario para diluir el trago amargo, al inicio de la Era Atómica. Se dirigió a los japoneses con la seriedad que se merece una pena de esa magnitud, y habló de la responsabilidad que se tendrá para ver a la Historia a los ojos: ésa que se viene de ver las cosas como fueron, para no caer en los mismos lodazales.

Obama habló de cómo, a pesar de las desgracias que se siguen propagando después del grito de Little Boy, los niños de Hiroshima tienen días en paz. Los berrinches de una bomba mal bautizada no alcanzarán más a las generaciones que vengan, según dijo frente a la audiencia en silencio. No faltaron más que horas para que, del otro lado del mundo, un Fat Man moderno quisiese estallar también: esta vez no se detonaría en Nagasaki, sino frente a un público diferente, con gritos diferentes, causando daños colaterales distintos, y no por eso menos perdurables.

Donald Trump respondió a la visita de Obama con una negativa recalcitrante: le parece una necedad, una incompetencia y una muestra de debilidad frente a los norteamericanos que su actual líder se toque el corazón delante de sus enemigos. Piensa que guardar un momento de silencio por los caídos es patético, completamente innecesario. El candidato republicano cree que Estados Unidos está perdido liderazgo en sus figuras de poder: que no saben lo que están haciendo, y que, definitivamente, es vomitiva la manera en la que deciden ver el silencio de los demás.

Y entonces se ven los ecos que todavía no encuentran vía de escape: una olla express que contiene aún los gritos de las necedades pasadas, y que deja que se estrellen con las nuevas. Estallidos de ignorancia, de fuerza, de una mirada corta e inexorable que no perdona más que los hoteles que se puedan alzar en Las Vegas con su propio nombre ―si es que todavía los recuerda, si todavía le dan frutos. Los estallidos se propagan, y se escuchan en las masas frenéticas que los acompañan, aclamándolos ―sordos, ciegos y completamente aislados: paralelismos irresolutos.

 

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