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  • Ese día Dios despachó en Santa Úrsula

  • Reseña de El partido, exuberante crónica del partido de 22 de junio de 1986, Argentina- Inglaterra

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  • Uno de los versos capitales de “Y sin embargo”, la siempre citable composición de Joaquín Sabina asegura: “que hasta los huesos/solo calan los besos que no has dado”. Digamos que el flaco de Úbeda tiene razón pero calan más los goles que no has visto y si los viste, calan más. Como los besos dados. O algo que a eso se parezca.

    Este año se cumplen 30 de que la escritura de los evangelistas se modificó. En el origen dijo así: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”; el día que Dios despachó en Santa Úrsula, el texto se modificó levemente: tú eres Diego y con esta mano y con este pie, edificarás tu iglesia. Ese día, al filo de las 13.10, Diego Armando Maradona, el dios laico y canchero del culto Maradoniano que ese día se hizo urbi et orbi, se apoyó en la mano del dios del Olimpo futbolero y venció a Peter Shilton. Minutos después se hizo un traje de luces, con uno, dos, tres, cuatro, cinco guardianes de la pérfida Albión y con un solo pie, como el entrenador rival había dicho en mala hora, horadó la cabaña inglesa.

    Lo cuenta mejor todo esto Andrés Burgo en El partido (del siglo) Argentina-Inglaterra 1986, el demorado y puntilloso relato, o para decirlo con justicia: la exuberante crónica que del partido de ese 22 de junio de 1986 en que Argentina, dirigida por Carlos Salvador Bilardo y conducida por Diego Armando Maradona, derrotó en toda la línea a Inglaterra, el mismo país que 4 años antes había invadido las Malvinas y de paso, como en un mal cálculo que sale bien, ayudó a defenestrar a la última dictadura argentina y a las finísimas personas que no dudaron en lanzar a la muerte que no a la guerra a la clase 62, esto es, los nacidos en aquel año. Algunos de ellos, quizá los menos, pudieron haber estado en el coloso de Santa Úrsula aquel día del mismo modo que algunos de los que jugaron ese día contra Inglaterra pudieron haber cavado un foso esperando un Exocet inglés que cegara sus vidas, microhistorias que cerca del final del libro, por razones comprensibles, Burgo acomete con pulcritud y sin amargura.

    Centrado inicialmente en el largo y accidentado periplo eliminatorio de la albiceleste rumbo al segundo mundial jugado en México –el primero se desarrolló en 1970— y la compleja gira que tenía a los campos de entrenamiento del América en la ciudad de México como destino final, Burgo construye una narración puntillosa hasta el delirio; detallista, compleja incluso, que adentra al lector no sólo en los históricos goles de Maradona, sino en los más profundos recovecos, auténticos entreveros existenciales de una selección en la que pocos confiaban antes del mundial, que salió en silencio del aeropuerto rumbo a Europa para la gira previa y en gran parte, para alejar a los jugadores y al propio cuerpo técnico con Bilardo a la cabeza, de la cena de negros en que cada día era convertido por un sector de la prensa, algunos políticos y la propia situación interna, con una democracia recién recuperada menos de un año antes. Ese prólogo, como es fácil suponer, no era el mejor para un equipo que abandonaba la escuela de César Luis Menotti y se introducía paso a paso en la estrategia que Bilardo –que enfrentado a Menotti casi desde su asunción como seleccionador— diseñaba.

    Ese día la albiceleste mandó a sus utileros muy temprano al estadio y temprano también salieron los jugadores rumbo a Santa Úrsula con las cábalas que a cuestas llevaban ya: el incómodo microbús, los motociclistas que abrías paso, las canciones que potenciaban la adrenalina, los altos precisos en los semáforo, y saltaron a la enorme construcción que es el estadio Azteca y reconocieron la cancha.

    Jugaban a las doce horas de ese día, con un sol cayendo a plomo sobre los 22 jugadores y la tercia arbitral, multicontinental que tenía como responsable a un tunecino: Alí Bennaceur, y sus asistentes: Berny Ulloa de Costa Rica y Bogdan Dotchev, búlgaro. Junto con ellos, 114, 580 espectadores serían testigos de lo que luego la historia llamó “La mano de Dios” y del gol del siglo; ambas acciones fueron obra del más grande jugador argentino de la segunda mitad siglo XX: Diego Armando Maradona.

    Lo relató así para su emisora Víctor Hugo Morales, el célebre y no pocas veces controversial narrador uruguayo que ha hecho su vida profesional en la vereda de enfrente: “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos. Pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial… Y deja el tendal y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio!… tá’-tá’-tá´-tá’… ¡Gooooooool! ¡Goooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegol! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme. Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés? Para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina. Argentina 2, Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona. Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 Inglaterra 0”. Y Burgo recrea en su gran obra, paso a paso –verso a verso podría decir Machado— ese tránsito de pirotécnica pura creado por el Diego sobre la cancha del Azteca cuando va sembrando ingleses, destrozando su medio campo y venciendo finalmente a Peter Shilton.

    El libro recupera también las emociones encontradas de los adversarios de ese día que, de diversa forma, básicamente en libros y entrevistas, han venido apareciendo a lo largo de estos treinta años en que el segundo gol de Diego esa mañana se ha venido repitiendo en la memoria de un colectivo que ve el fútbol más allá de banderías y partidarismos reduccionistas. La precisa investigación de Burgo no deja fuera a casi ninguno de los actores de ese drama en pantalones cortos que se escenificó sobre la cancha del Azteca aquel junio de 1986 tocado por la mano de Dios y el genio del pie izquierdo de un Maradona de hechuras deslumbrantes, profundas como el “boom, boom, boom” salido de un bongo de cuero siempre atronador en la memoria.

    Como lector muchas veces me he preguntado cómo, en qué momento nace un libro, un relato. Andrés Burgo tenía once años cuando a través de la televisión y en su casa siguió las incidencias de este partido memorable. Treinta años después ha dado a prensa un texto único e irrepetible; soberbiamente contextualizado y narrado como solo podía hacerlo un chico que, impactado por lo que vivía en ese instante, dio un día en una hemeroteca con una brevísima frase que lo condujo, como Maradona lo hacía con la pelota, hacia las alturas mayores de la crónica. Un libro imperdible para aquellos que saben y entienden que el fútbol es una epifanía, un deslumbramiento, un momento irrepetible y que calan más los goles que se han visto, como bien sabemos todos los que ese día en el Azteca o frente al televisor, vimos a Dios despachar en Santa Úrsula a través del pie izquierdo de Diego Armando Maradona mientras Daniel Pasarella, último emblema del menottismo, luchaba contra una fiera infección gastrointestinal en un hospital de la Ciudad de México. La vida, ya se sabe, es una ironía… Mientras tanto, Diego sigue quebrando ingleses y las redes no dejan de mecerse en las páginas narradas por Andrés Burgo. (Andrés Burgo, El partido (del siglo) Argentina-Inglaterra 1986, Tusquets Editores, Buenos Aires, Arg., 2016, 294 pp).

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