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  • La figura histórica se fortaleció realmente después del personaje de Shakespeare

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  • La Casa de York se cayó con su rey en los campos de Leicester. Tenía la columna desviada, y ese padecimiento espinal se reflejó en su reinado: asesinatos turbios, decisiones tomadas a medias, liderazgo a través de sus figuras políticas cercanas y un cúmulo de caminos laberínticos que no supo resolver después. Tal pareciera que su dorso torcido se manifestó también en su devenir como monarca. Las estocadas que lanzó a la Inglaterra del siglo XV le fueron devueltas, todas: en sus restos óseos se aprecian claramente ocho heridas por el filo de diferentes espadas. De Ricardo III quedaron las vértebras desalineadas, y nada más.

    La figura histórica se fortaleció realmente después del personaje de Shakespeare: la idea del rey jorobado e incompetente se ve fuertemente influida por la tragedia que lleva su nombre. Ricardo III gira en torno a las desfachateces de un hombre demasiado seguro de sí mismo, confiado ciegamente de sus allegados y abrumado por las frivolidades irremediables en las que se enreda el poder. De ahí la imagen del monarca que cambiaría su reino por un caballo, del traidor que asesina a su propia sangre, del inepto sediento de lujo —del deforme, que no supo morir dignamente por su pueblo.

    Y así, con la marca poderosa con la que Shakespeare impregnó a Ricardo III, la Historia siguió su camino. Se habló de este rey sin desprestigiar la asertividad que seguramente el dramaturgo había tenido en su obra para describirlo —a él y a su reinado— sin detenerse a considerar si la figura literaria era o no producto de la sátira, del interés o de la conveniencia. Habría que resaltar que Shakespeare estuvo siempre muy cerca de la familia Tudor, y que fueron ellos quieres se ocuparon del mando después de la caída de la Casa de York.

    Sin más, el personaje literario pasó a ser una figura histórica, referida por la ciencia como tal: como un hecho irremovible, irrefutable y unívoco, olvidando por completo que los restos de Ricardo III no habían sido hallados. Lo único que quedó del monarca fue la caricatura creada para agradar a la familia gobernante —y lo que decía la sabiduría popular. Ricardo III se convirtió en voces, representaciones teatrales, siluetas. No existía evidencia dura de que estuviese deforme, o si quiera enfermo de nada: sus remanentes orgánicos permanecieron enterrados, y de esa tumba de tierra y asfalto nació su sombra, que sería el hazmerreír de la dinastía Tudor.

    No fue hasta hace poco que se decidió investigar lo que sucedió en realidad con los restos de Ricardo III. Se utilizaron mapas de la época para dilucidar en dónde específicamente se llevaron a cabo las batallas, y el lugar más o menos preciso donde pudo haber muerto. Se realizaron excavaciones y se encontraron huesos desperdigados, en los cuales se aplicó el carbono 14 y se aplicaron los tratamientos necesarios para que tuviesen una forma reconocible nuevamente. Muy cerca de ahí se encontró una estructura con una escoliosis marcada, impresiones fuertes de estocadas en las vértebras, e impactos de batalla a lo largo de los huesos del brazo.

    Se le realizaron pruebas de ADN, y el esqueleto estuvo confinado en laboratorios en un periodo de tres años. Resultó ser que, en efecto, Ricardo III tenía una severa desviación en la columna, y que había muerto en batalla por impactos repetitivos en la espalda. Por primera vez en la Historia se tuvo evidencia certera de la imagen humana de esta figura histórica, que se empalma muy cercanamente con la imagen satírica de Shakespeare. Habría que poner en cuestión si el monarca tuvo esa capacidad discursiva en realidad, o si se trata más bien la genialidad de alguien más.

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