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  • Roberto Rosendo Ríos Vargas
  • En un segundo

  • El golpe le quitó la vida de inmediato

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  • Un camión pesado circulaba sobre la avenida constituyentes ubicada al poniente de la Ciudad de México, el conductor venía con exceso de velocidad, algo muy común en la capital; de pronto, una de la llantas traseras se soltó de su eje y salió disparada a toda velocidad, un vendedor de dulces que se encontraba atendiendo su negocio justo en ese momento, se cruzó en el camino de la llanta, ésta lo impactó de frente haciéndolo volar unos metros hasta que cayó al suelo, el golpe le quitó la vida de inmediato.

    Era un día como cualquier otro para el hombre de 40 años, seguramente se levantó, desayunó, le dio un beso a su esposa y un abrazo a sus hijos; hizo una oración y salió de su casa rumbo a la esquina donde a diario instalaba su puesto de dulces desde donde miraba pasar los cientos y cientos de autos que transitan por una de las avenidas más concurridas de la metrópoli, pues es una de las salidas principales rumbo a Santa Fe y la entrada de la carretera México – Toluca; tal vez leyó las últimas noticias del día, el resultado de los partidos, los chismes de la farándula y su horóscopo.

    Su negocio estaba cerca de una institución gubernamental y una preparatoria, por lo que sin duda muchas personas lo conocían, y a diario le compraban dulces, cigarros, chocolates, un chicle o simplemente al pasar por ahí le daban los buenos días; tal vez nunca se imaginó que ese día sería el último de su vida.

    El chofer del camión a lo mejor también tuvo una mañana muy parecida a la del vendedor, subió a su pesada unidad y se dispuso a realizar sus labores de todos los días; quizá no revisó el estado de su vehículo, ni el de sus llantas y si lo hizo le dio muy poca importancia; no sé si aceleró para ahorrar tiempo o solo por el simple hecho de tratar de llegar primero a su destino sin importarle lo que pasaba a su alrededor. En un momento las vidas de ambos personajes cambiaron y se cruzaron en un lugar común, en una avenida, en una hora específica, ante la mirada atónita de muchas personas que caminaban por ahí.

    Ese día la noticia había llegado a mí a través de las redes sociales, desde muy temprano los portales informativos daban cuenta de un accidente sobre la avenida constituyentes, eran alrededor de las 10 de la mañana cuando me enteré de lo sucedido, justo ese día tenía una cita por los rumbos de Santa Fe y forzosamente tenía que pasar por ahí.

    Y sí, por la tarde me dispuse a llegar a mi destino, tomé el transporte público y me senté junto a la ventana; hacía mucho calor, había mucho tráfico, por lo que el autobús en el que subí iba casi a vuelta de rueda; pasé frente al lugar del accidente y aunque yo iba en sentido contrario, pude observar el corte a la circulación, patrullas y una de las ambulancias de la SEMEFO; eran ya casi las cinco de la tarde y aún seguía ahí el cuerpo del desafortunado vendedor lo que ocasionaba que en ese sentido los carros circularan por un solo carril, así que la fila se extendía muchos y muchos kilómetros atrás; me dio temor imaginar que de regreso yo tendría que pasar por ahí de vuelta a casa y que siguiera desquiciada esa parte de la ciudad.

    Más tarde volví a abordar un autobús rumbo al metro Sevilla, aunque todavía se veían muchos vehículos, el transporte avanzaba sin mayor contratiempo, decidí relajarme y esperar pacientemente para llegar a casa; crucé otra vez constituyentes y pasé justo frente al lugar del accidente; ya no estaban ni el cuerpo, ni la llanta, solo había sangre regada en la banqueta; dulces, refrescos y algunas monedas también en el piso, las papas se habían caído del estante tras el impacto, la ropa del vendedor estaba colgada en una esquina, su periódico junto a la mesa principal y su silla estaba en su lugar, como esperando a ser ocupada por su dueño.

    Debo reconocer que fue un momento bastante fuerte para mí, había unas cintas que impedían el paso, un policía custodiaba la escena; imaginé que estaba ahí para que a nadie se le ocurriera robar algún producto; una silueta dibujada con gis, marcaba el lugar exacto donde había caído el cuerpo, pasos más adelante también estaba dibujada la silueta de la llanta asesina.

    A unos cuantos metros, dos chicas vestidas de negro y con los ojos rojos, tal vez de tanto llorar, miraban constantemente la escena y hablaban entre sí, también estaba un señor parado junto a la pared, traía un delantal y una gorra; me di cuenta que era un vendedor de tortas que tenía su puesto casi a un costado del lugar del accidente, seguramente era amigo del señor de los dulces.

    Los autos poco a poco avanzaban, el camión en el que iba también lo hizo y me fui alejando del lugar, con mi mente puesta en lo ocurrido. Al día siguiente en las portadas de los diarios se podía leer la noticia, muchos llamaron a este suceso como algo fuera de lo normal, como una muerte extraña e impactante.

    Lo cierto es que cuando pasan este tipo de cosas uno se queda inquieto y con miedo, pues desde aquél día no dejo de pensar en cómo todo puede cambiar en tan solo un segundo; sin provocarlo, la muerte puede llegar en cualquier lugar, en cualquier día; ahora cuando voy por la calle miro atento a mi alrededor, sé que esas cosas no se pueden saber con anticipación, pero al menos, no quiero ser víctima de una llanta suelta o de un cafre al volante.

    Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico.

    El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol. elbone089@gmail.com

     

     

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