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  • Roberto Rosendo Ríos Vargas
  • El rebaño del pastor

  • "Paleros”... esos que abusan de la fe de las personas, se hacen pasar por creyentes o fieles seguidores y alardean de quien les hizo un supuesto milagro

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  • Mientras esperaba sentado en una de las tantas bancas de la glorieta de Insurgentes, observaba a mi alrededor intentando encontrar una historia para contarles; hacía demasiado calor, eran las cuatro de la tarde, personas y personas entraban y salían del metro, otros caminaban rápido o hasta corrían para ganarle tiempo al tiempo.

    De pronto algo por fin fuera de lo normal, se escucharon gritos y cantos, busqué con la mirada y encontré de dónde provenían, era un grupo de gente que formaba un círculo, me levanté de mi lugar y fui a echar un vistazo.

    Me quedé a unos pocos metros de ellos; en el centro estaba un hombre de unos 50 años, en una mano sostenía un libro, más tarde descubrí que era la Biblia, mientras que la otra mano la pasaba sobre una mujer que tenía los ojos cerrados, ella tenía unos 65 años, aunque la verdad de lejos su aspecto era el de una anciana.

    Con la mano bien puesta en su cabeza, el señor recitaba algunas palabras con relación a Dios, y ella en plena concentración repetía a cada oración gloria a nuestro señor, en tanto las demás personas rezaban y pedían por la salud de la mujer.

    Mi curiosidad me hizo acercarme un poco más, de pronto otra mujer, de las que formaban el círculo se hincó frente al hombre, de nuevo el ritual, levantó la Biblia, puso su mano en la cabeza y recitó algunas palabras que no entendí; así una tras otra, al menos siete mujeres pasaron al centro del grupo.

    Había mucha gente que como yo se acercaban a ver, otros solo volteaban al escuchar los gritos, pero seguían su camino, todo esto pasaba con el ruido citadino de fondo. De repente un señor se hincó y miró al cielo, extendió sus manos y pidió ayuda divina, no se le entendía muy bien lo que decía, pero seguramente era una plegaria.

    Era tal la devoción de algunos que hasta comenzaron a llorar, mientras tanto el hombre seguía haciendo su ritual con más personas, en su mayoría mujeres, lo más raro es que ese sujeto gritaba de más, de un momento a otro alzaba la voz, algunos hasta brincaban del susto, yo pensé que todo eso era para llamar la atención, sus gestos y los movimientos con las manos eran exagerados, pero lograba su objetivo pues más y más gente se acercaba al grupo.

    Así pasaron algunos minutos, el señor daba bendiciones al por mayor, a algunos les decía cosas al oído y les indicaba seguir su camino e ir con Dios en sus pensamientos. Justo en uno de esos susurros me percaté que el hombre le hizo una seña a alguien y de inmediato un joven de unos 18 años apareció de la nada y comenzó a pedir un donativo para el “pastor”.
    El muchacho pasó entre la gente, en sus manos cargaba una canasta cubierta por un paño blanco donde poco a poco fue apareciendo el dinero, pocas monedas en realidad; la gente se dispersó cuando el cielo se cubrió de un gris que amenazaba con llover, así en unos cuantos minutos el hombre se quedó sin seguidores.

    Con la mirada seguí a la pareja y noté que tras guardar el dinero, tomar un poco de refresco y mirar el cielo, se detuvieron en otra de las salidas de la glorieta; el señor se instaló y de nuevo empezaron los ademanes y los gritos, los cánticos y las bendiciones a todo el que pasaba cerca de él.

    Justo cuando me iba a retirar del lugar, una mujer se acercó y se hincó, él puso la mano en su cabeza e inició una oración, lo raro es que era la misma que estaba cuando mi curiosidad me hizo acercarme a ver qué pasaba, sin duda era la misma mujer, en cuestión de segundos se formó un círculo a su alrededor, en ese momento caí en la cuenta de su juego.

    Casi en todas las calles de esta hermosa Ciudad de México te encuentras con vendedores, limosneros, con puestos de periódicos, pero también te topas con los famosos “paleros”, aquellos que se paran con los merolicos y siempre ganan, con los que juegan a dónde quedó la bolita y se llevan el premio o como en este caso, esos que abusan de la fe de las personas, se hacen pasar por creyentes o fieles seguidores y alardean de quien les hizo un supuesto milagro.

    No sé cuánto dinero haya ganado en ese día el supuesto pastor, pero lo que sí sé, es que lo tuvo que dividir con los más de cinco paleros que logré reconocer entre la gente. Al menos el Dios Tláloc logró que esta gente dejara de “trabajar”, pues esa tarde cayó un fuerte aguacero que duró más de tres horas.

    Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca. ¿Quieres que cuente tu historia? Escríbeme a mi correo electrónico.

    El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol. elbone089@gmail.com

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