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  • Omar Gonzalez
  • El andén y la partitura: el íntimo color de Tsukuru Tazaki

  • Los años de peregrinación del chico sin color, una novela de Haruki Murakami

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  • I. Leer.- Si leer es viajar y viajar reflexionar, Haruki Murakami ha tendido una vía férrea donde los andenes son partituras y éstas, metas de salida y llegada de la introspección más profunda que un personaje haya alcanzado en alguna de las obras del autor japonés.

    Sobre la tensa cuerda de un equilibrista transitan Los años de peregrinación del chico sin color, la breve novela que a mediados de octubre de 2013 Tusquets lanzó al mercado de habla castellana en una traducción directa del japonés a cargo de Gabriel Álvarez.

    Breve por el número de folios –apenas 314— que la contienen, menor en extensión que Tokio Blues y mucho más breve que la monumental y avasalladora 1Q84 en sus dos tomos y sus tres libros. Lo que aquí logra Murakami no es menor, sigue las formas precisas y emplea únicamente las palabras necesarias: “La vida es una compleja partitura” (p.290); “Ningún profeta, por poderoso que sea, podría dividir en dos ese mar revuelto y encabritado” (p.295); “En la vida siempre hay cosas demasiado complicadas para explicarlas en cualquier idioma” (p. 223). “Todos tenemos la libertad en nuestras manos” (p. 182); joyas aforísticas de este autor, puente entre siglos.

    ¿Frases hechas y lugares comunes?; los detractores de Murakami, muchos de ellos incapaces de un metabolismo escritural que alcance el rango de lugar común dirán que sí, que todo es un lugar común, que es el mismo Murakami de siempre: algo de alcohol, algo de música –siempre el jazz, siempre lo clásico— algo de sexo, los inframundos del sueño y las angustias de la vigilia; el exceso en los detalles; los temas que, aseguran, Murakami explota hasta la náusea.

    No hay manera de coincidir con los detractores. Los años de peregrinación del chico sin color es la más exacta y complejas trama de todas las vertidas en su ya abundante obra por este autor finisecular y postmoderno en la misma medida que se ha constituido en intérprete de una lectura de la realidad que no tiene renglón inútil, un analista de las amplias formas que aquélla puede asumir.

    Murakami narra todo esto sin cercenar ninguna de las aristas que la realidad posee y tampoco sin edulcorarla. Si somos lo que leemos es indudable que somos también creadores de una hermenéutica propia como lectores y nuestro cuerpo verbaliza lo que leemos. Hay libros que reposan en el librero o aguardan turno en la mesa de noche. La incómoda realidad, para combatirse desde la lectura requiere entornos y momentos. Cada lector de Murakami es una post-modernidad particular, un exégeta y un creador; un feligrés devoto y un oficiante feliz o no, del oficio de vivir.

    II. El Desierto.- Es la primigenia feligresía grupal antepuesta a las pretensiones individuales, la de los códigos infranqueables, la que rige las vidas de Yuzuki Shirane, una joven capaz de interpretar con soltura las obras para piano de Liszt; Eri Kurono, proclive a la letra escrita como suerte de alternativa redentora para su vida; Yoshio Oumi, un competitivo jugador de rugby y Kei Akamatsu, un resuelto batallador de la cancha de tenis. El quinteto lo complementa Tsukuru Tazaki.

    A diferencia de sus amigos, Tsukuru no tiene un color que lo identifique desde el nombre como el negro, el blanco, el azul y el rojo identifican desde la grafía a sus amigos. Su nombre está asociado a la creatividad del modo que los colores que identifican a Kei y Yoshio –los otros dos varones— son primarios y los de las chicas del grupo son neutros. Tsukuru, a diferencia de ellos carece de color. Esa carencia se volverá un peso de enorme trascendencia en la vida y la peregrinación que iniciará no cuando abandona Nagoya y marcha a la universidad en Tokio, sino cuando aquel sólido grupo lo defenestra.

    Ese caer del barco a la mitad de un océano gélido y negro como lo verbalizará uno de los protagonistas, habrá de perseguir a Tsukuru los siguientes dieciséis años y le enseñará lo que debe aprender para sobrevivir en un mundo que bajo la máscara de lo colectivo –simbolizado expresamente en la novela a través de las menciones estrictamente necesarias a Google, Twitter o Facebook y el uso de teléfonos móviles o el correo electrónico— venera el más sórdido individualismo; el triunfo a ultranza que, mientras más despiadado más encomiable.

    Y no porque el triunfo pueda valorarse o no en sí mismo sino porque las bases de éste embonan perfectamente con la putrefacción de la sociedad contemporánea; esa sociedad global, consumidora de lo inmediato, cultora del “yoprimerismo”; del tener, poseer, usar, saber todo y de todo antes que los demás.

    El mundo global nos ha igualado a todos. A nuestras miserias y nuestra solitud; a la efímera gloria todos llegamos juntos más no indemnes. Nuestra individualidad no es más que el elemento detonador de un inasible yo colectivo siempre inexistente. Un poco de esto que aquí se mal explica es lo que con sobria naturalidad reflexiona Tsukuru Tazaki en el andén de la estación de Shinjuku. Ese espacio de viajes, andenes, bifurcaciones de tiempo y espacio, “…ese mar revuelto y encabritado”, sede de salida y llegada de “absurdos desplazamientos. ¿En qué medida eso nos desgasta y extenúa?” se pregunta abrumadoramente Tsukuru.

    Para llegar a ese momento de introspección en Shinjuku, Tsukuru cruzó su Rubicón, el que inicia con una suerte de suicidio simbólico como una alternativa a la deshonra que en el caso del joven sin color se había expresado en su expulsión de aquel quinteto que en el tránsito la edad adulta desplazó sus ejes hacia zonas que en la adolescencia lindaban con lo improbable.

    III. Sobrevivir.- Es probable que el íntimo acto de leer sea también un acto de supervivencia del mismo modo que el acto de escribir supone hacerlo a la incomodidad del día a día. En Los años de peregrinación del chico sin color, Tsukuru Tazaki sobrevive de la mano de Franz Liszt a través de ese permanente retorno musical a Los años del peregrinaje, la obra de 26 suites para piano compuestas por el autor húngaro; obra de constancias sentimentales que marca la vida de aquél y anuncia el hondo desgarramiento de Yuzuki Shirane al que recubren las notas del piano y la permanente invocación de Tsukuru.

    El alma musical de Liszt recorre la novela de Murakami pero no la vuelve una novela triste, ni devastadora, ni la música en que la narrativa se recrea avanza tangencial. No hay azar alguno. Es la consciente adopción de un tiempo transversal en la propia obra de Murakami y Los años del peregrinaje. La vida es una partitura y un andén y a éste se llega luego de introducirse y emerger de la partitura y descubrir la necesidad de tener a Sara Kimoto, a su risa franca y su cuerpo firme.

    Todo un personaje por sí mismo, Sara Kimoto articula algo más que el cruce de la parte final del desierto de Tsukuru hacia la comprensión rotunda de su propio interior, del mismo modo que la historia que Midorikawa el pianista venido de Tokio, es puesta ante los ojos de Tsukuru y en más de un sentido, historia dentro de la historia, permea el futuro del protagonista.

    Se ha dicho al principio de esta entrega que Los años de peregrinación del chico sin color es una obra tensa como el alambre de un equilibrista; es también una novela de madurez. En el extremo opuesto al avance del equilibrista hay trenes y bifurcaciones; raíles que crepitan al paso de vagones bamboleantes, futuros inciertos, viajantes absortos y la sonora introspección de Tsukuru Tazaki sentado en el andén. (Haruki Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color, Tusquets, México, 2013, 314 pp.).

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