• Capital Oaxaca
  • MÁS SECCIONES
  • Capital Coahuila
  • Capital Hidalgo
  • Capital Jalisco
  • Capital Morelos
  • Capital Oaxaca
  • Capital Puebla
  • Capital QuintanaRoo
  • Capital Queretaro
  • Capital Veracruz
  • Capital México
  • Capital Michoacan
  • Capital Mujer
  • Reporte Indigo
  • Estadio Deportes
  • The News
  • EfektoTv
  • Diario DF
  • Capital
  • Capital GreenTV
  • Revista Cambio
  • Capital Digital
  • Capital Prensa
  • Capital Radio
  • Capital Media
  • Capital Oaxaca
  • Capital Oaxaca
  • murray
  • Capital Digital
  • Destrezas

  • Los ingleses tienen que tener siempre, la última palabra

  • Capital Oaxaca Capital Oaxaca Capital Oaxaca
  • Los ingleses siempre se han regodeado en encontrar cierto placer sarcástico en las sutilezas del lenguaje. Han encontrado un gusto muy particular en el tono de su dialéctica, en la manera de disfrazar estocadas al orgullo con elegancia, y con esa maestría única que tienen para usar la ironía sin desgastarla. Son precisos, al punto: no permiten que la situación pase. Son ingleses, y con esa misma obediencia y exactitud con la que se aferran al Big Ben, con esa misma resolución categórica con la que decidieron dejar de ser europeos, con esa misma habilidad que tienen para quitar el habla, tienen que tener ―siempre, eternamente― la última palabra.

    Pasó el referéndum y la gente se empezó a cuestionar qué era realmente la Unión Europea, sin darse cuenta necesariamente de que sus búsquedas ya no serían muy fructuosas. Las generaciones maduras que vieron cómo las fronteras desaparecían en las últimas décadas del siglo pasado decidieron que tal vez sería mejor ser individuales de nuevo, y una vez que lo consiguieron, tuvieron a sus jóvenes tratando de unir piezas que se vinieron abajo, irremediablemente. La desmaterialización del europeísmo británico se vio realizado con los resultados de la votación de una mayoría cercana ―casi demasiado― a una minoría que no estaba de acuerdo.

    Sin embargo, a pesar de todo el movimiento inconforme que se hizo en las redes, a pesar de la resistencia posterior y de los alardes para convocar nuevamente a votaciones, los que decidieron salir hicieron que todos los demás se quedaran fuera. Al final, ellos no necesariamente hablaban el mismo lenguaje de Internet, y los que sí estaban inmersos ahí, estaban muy ocupados dándose cuenta de las implicaciones que tiene haber abandonado una zona económica. Escocia les empezó a hacer ruido de nuevo, y ahora con más fuerza, pero los separatistas no aceptan otro tipo de independencias. Ellos tienen que tener siempre la última palabra.

    Pero nunca pasa nada: las cosas siguen su rumbo y la vida fluye como tenga que fluir, pues ellos siempre tienen la última palabra. Resuenan las palabras de Churchill cuando les conviene, y cuando no, pueden escudarse con el conocimiento absoluto que tienen de la ironía. Entonces, los ingleses continúan haciendo lo que los ingleses hacen. Wimbledon siguió su curso, se llenaron las butacas y la gente comió fresas con crema mientras veían, no a disgusto, cómo Andy Murray escalaba a la final. A su jugador favorito, al que peleaba por una segunda corona, a ése que jugaba en su propia casa. Pero a ése, también que se le condicionó la nacionalidad en los medios durante los juegos olímpicos pasados: si salía victorioso, sería inglés; y si no, siempre podía regresar a Escocia.

    Con ese estigma agridulce es que el tenista se ha manejado a lo largo de su carrera: siempre político, con ese tono sarcástico que ocupa la gente que entiende de diferencias, y que las hace evidentes con una sonrisa conocedora. De cualquier manera, el 10 de julio Murray fue inglés para los medios. Recibió su segundo título en las canchas de pasto y posó para las cámaras. Todo el mundo estuvo atento a su discurso, en esa expectación cálida de aquellos que esperan lo que siempre ha sucedido: distraídos, contentos, inocentes, incluso.

    Murray le da las gracias a su equipo, a su familia, a su madre y a todos los presentes por el apoyo incondicional. Entonces, hace una pausa y se toma un momento enfático para agradecer también a David Cameron, ignorando gustosamente al Duque de Cambridge ―que también pretende coronarse pronto, pero no en la cancha. Y entonces la sonrisa del escocés, un momento de silencio, la sorpresa, y los aplausos. Que los ingleses tengan la última palabra. Al final, no importa tanto.

     

    • Comparte
    • Capital Oaxaca
    • Capital Oaxaca
    • Capital Oaxaca
  • Comentarios Ver comentarios
  • Más de Opinión
  • Capital Oaxaca Capital Oaxaca
  • Capital Media Digital