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Atracción por Dios

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“No crean que he venido a abolir la ley o los profetas”
08 de Junio 2016
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Hoy se proclama en nuestra Iglesia Católica el evangelio según San Mateo, capítulo 5, versículos del 17 al 19, que nos dice: “Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”.

El hombre lleva en su naturaleza el ser atraído por Dios y cuando el hombre no experimenta esta atracción, es porque algo pasa en él, algo no funciona. También en la naturaleza se presenta una situación similar, el hierro es atraído por el imán, y cuando un imán no atrae al hierro es porque algo pasa: o es que entre ambos se interpone un diamante, o es que el hierro esta está cubierto de grasa, o quizá el hierro pesa mucho o está a demasiada distancia del imán.

Así le ocurre al hombre, cuando no siente la atracción por Dios, es o porque entre ambos se interpone la riqueza (el diamante), o porque está sumido en el desenfreno de la sensualidad (la grasa), o porque se ama demasiado a sí mismo (el peso), o porque los pecados le han alejado de Cristo excesivamente (la distancia).

Este pensamiento no es aplicable únicamente a lo religioso, sino a todo lo humano. Porque verdaderamente el hombre lleva el amor en su naturaleza. Lo espontáneo, lo normal es que el hombre ame. Al hombre, si no hay unas razones externas o internas que lo impidan, el amor le sale de su naturaleza. Odiar es lo extraño, amar, lo natural. Bastaría con dejar al hombre a su naturaleza para que toda su vida fuera un acto de amor. Entonces, ¿Por qué no amamos? ¿Por qué tenemos que hacer un esfuerzo para amar?, ¿Qué cosas impiden que el hombre pueda amar, que abra su corazón a lo verdaderamente importante?, las cuatro razones anteriores son pensamientos de un gran Santo llamado San Francisco de Sales y son perfectamente aplicables a nuestra vida.

El hombre no ama, en primer lugar, porque entre él y Dios o entre él y su prójimo se cruza un frío diamante: el egoísmo, cuando yo supervaloro mis intereses personales, dejo de ver a mi prójimo, mis temores me hacen pensar en que acumular y acumular es una fuente de seguridad para mí y mi “familia”, aunque muchas veces la familia sea las más afectada de mi egoísmo.

La segunda razón por la que el hombre no ama o pervierte su amor es porque el hombre se encuentra embarrado de la grasa de su sensualidad. ¡Cuántos amores auténticos, magníficos, no se han desgraciado porque una excesiva valoración de la sensualidad los ha corrompido!.

La tercera razón es el propio peso. Si yo me supervaloro a mí mismo, ¿Cómo voy a amar a mi hermano?. No hay amor, no hay imán que levante a un hombre cargado de sí mismo, de su ego personal, vanidad y búsqueda del efímero reconocimiento humano.

La cuarta razón es la excesiva distancia. No amamos al prójimo porque estamos demasiado lejos de él. No lo conocemos. No lo vemos. Solo cuando se está cerca de alguien se le puede amar. Sólo se ama a quien se puede abrazar. Solo se abraza si se está cerca.

Y así es como el imán no atrae al hierro. Así es como el hombre no ama. Aunque el amor sea parte sustancial de su naturaleza. Por el amor seremos juzgados el día que nos presentemos ante Dios, no por nuestras cuentas bancarias o posesiones

e-mail: desdelasnieves@hotmail.com  

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