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  • Cecilia Durán Mena
  • Desde el estante

  • En el silencio el murmullo aumenta el volumen

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  • Recorrer los pasillos de ese extraño lugar que es una biblioteca resulta intrigante. Todo puede suceder en este universo. Alguien parece hablar desde un lugar lejano y al volver la mirada encuentro un sinnúmero de hileras de estantes llenas de libros. No hay nada más. En el silencio el murmullo aumenta el volumen. Los llamados parecen escurrirse de las repisas. Busco una cara y me enfrento a cientos de lomos de libros que tienen inscritos cualquier cantidad de títulos, algunos son perfectos desconocidos, otros coquetean con la memoria.

    En este laberinto parece agitarse una mar de textos y me siento como Jonás, caminando dentro del vientre de la ballena con una linterna en la mano. Al pasar reconozco lecturas de juventud y cuentos de la infancia. La colección de ilustraciones de mil colores era de mis preferidos, un tomo grueso y pesado con tapas de colores en el que había dragones y princesas, caballeros y magos, liebres correlonas y huérfanos abandonados en el bosque. Es un formato grande, con letras redondas, típicas para criaturas de seis o siete años, de los que apenas han aprendido a leer.

    Desde el estante me hace un guiño, se hace notar para que lo jale con cuidado y lo saqué para llevarlo a la mesa de lectura. Enciendo la lamparita, me olvido por completo que estaba ahí para buscar otro libro. Podría jugarme las monedas en la bolsa a que no se trataba de una casualidad. Pasé las manos por ese papel suave y viejo. La voz de la abuela se escuchó clara y fuerte: Había una vez…

    La piel se eriza, de pronto ella está sentada a mi lado y yo sobre su regazo escuchando con una enorme sonrisa la narración del conejo que corre apresurado sin rumbo ni dirección, aterrado ante la posibilidad de llegar tarde. Y, en un instante, lo ves, es el autor mismo el que está contando la historia y eres tú mismo el que estás reflejado ahí en esos renglones. En cierta manera, te has convertido en él. Sabes lo que va a suceder a continuación.

    Sigo leyendo y me doy cuenta de que se ha producido un desdoblamiento mágico, soy yo cuando tenía seis años, cuando las muñecas tenían nombre y se dejaban arrullar; cuando las comiditas eran de aire y los trastecitos eran de un plástico más soberbio que la porcelana de China, cuando sonreír era normal, limpiarse las lágrimas con el regazo de la mano era la mejor medicina para los raspones de las rodillas, un dulce anticipaba una gran carcajada y los pleitos duraban hasta que empezaba el siguiente juego.

    Termino de leer, cierro las pastas del libro, recorro la silla, apago la lamparita y transito el camino para devolver el ejemplar a su lugar en el estante. Siento un estremecimiento. Otra voz y otra y miles de ellas. Son secretos que quieren ser liberados, que buscan la oportunidad de sincerarse y de ser los elegidos del estante para entregarse en la totalidad de su ser a quien tenga la generosidad de sacarlos de ahí.

    Caes en la cuenta, en este momento alguien te está viendo. Hay una persona recorriendo los renglones que escribiste, se está asomando y alcanza a ver la historia que le quisiste contar. Puede oler el aroma a polvo de la biblioteca, te ha descubierto en el instante en el que tus dedos han dejado de tener contacto con la pasta del libro. No se ha ido, está ahí, clavando los ojos en las palabras que distribuiste sobre la hoja en blanco. El don de la ubicuidad se enciende.

    Estas y estoy.

    Entras a mi mente y me pierdo en tu mirada. Nos encontramos y, en cierta manera me convierto en ti y tú, sin saberlo, ya eres parte de mí. Paso la mano por el lomo del libro y lo dejo en su lugar, miro todos los que están ahí y tú los estás viendo conmigo. Entonces, entramos en un laberinto de lógica irrefutable, en la que, desde el estante encontramos un punto de concordancia.

     

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