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Cuando los ánimos están exacerbados

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La ira desatada y la soberbia desacoplada son factores que nublan la visión
24 de Junio 2016
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Cuando los ánimos están exacerbados, la sabiduría es el tesoro del que se debe de echar mano. En los ambientes agitados se debe apelar a la inteligencia y dejarse guiar por el buen juicio, cualidades que parecen tan raras y escasas. La ira desatada y la soberbia desacoplada son factores que nublan la visión y enrarecen el buen juicio. Llevan a conclusiones equivocadas y las consecuencias son terribles. En la estridencia del momento y al calor de los enojos, se toman decisiones perversas queriendo optar por el buen camino. La violencia no es la solución en ningún caso y buscar culpables puede resultar una tarea inútil.

Las balas jamás han sido un buen conducto de comunicación como tampoco lo son las antorchas que incendian negocios, los garrotes que acompañan las protestas o las piedras que destruyen. Duele la destrucción de la tierra amada. Lo de menos es qué lado administra qué medio de agresión. Cuando los motivos se tiñen de sangre, dejan de ser argumentos válidos. La muerte desequilibra la balanza y resulta imposible encontrar quién tiene la razón, más bien parece que se aleja de ambos bandos y huye despavorida.

Ante los hechos violentos que afectan Oaxaca, hay que arroparse de prudencia y reflexión. Más análisis y menos juicios. Así se consigue la energía para ir adelante y la serenidad para valorar los escenarios en su justa medida. También hace falta tocarse el corazón. Tomados de la sabiduría por una mano y por la otra de la bondad se pueden correr los senderos que llevan a la paz. No obstante, eso que no resulta una verdad recién descubierta, se desestima.

El camino de la paz puede parecer frágil, pero si tenemos como señales de orientación la verdadera finalidad de arreglar las cosas, entonces se puede caminar sin vacilar y correr sin temor a tropezarse. Hay que llegar con las manos por delante y la buena voluntad como principal requisito de negociación.

Negociar significa ceder para llegar a la meta. Negociar no es imponer, no es dar golpes en la mesa, no es amenazar. Los que pretendan llegar con esas actitudes generarán horror y quedarán perdidos en la trampa de la violencia. Pero, el que en verdad quiera formar puntos de encuentro, debe apelar a la confianza, debe dejar de pelear sin motivo, debe gobernar la lengua y hablar con consciencia.

Cuando los ánimos están exacerbados, que los tontos se queden en casa, los imprudentes desaparezcan de la escena y los egoístas se guarden de opinar. Si les prestamos atención, todos perdemos. Jamás llegaremos a acuerdos. Hay que evitar sus caminos, hay que apartarse de ellos, de los que hacen el mal, de quienes engendran daño, de los que hacen del crimen el pan de cada día, de los que sacian su sed agitando avisperos venenosos. El camino de la justicia es como la luz de la aurora cuyo brillo va creciendo al medio día. En cambio, los malvados prefieren ocultarse en el velo de la oscuridad protectora.

En tiempos turbulentos, hay que vigilar el corazón propio. Preservarlo de los lenguajes perversos y cuidarlo de las mentiras. Hay que mirar al frente, con ojos francos y ser prudentes, tanteando el suelo por el que avanzan nuestros pies, para que nuestros pasos sean seguros. Aquí, no se trata de ir a la derecha o a la izquierda, de saber quiénes son los que tienen la razón, se trata de apartarse del mal y de anular sus seducciones.

Cuando la confusión reina, vale más escuchar y cerrar la boca. Tener intención de entender las razones del otro y buscar posibilidades de solución. A nadie le gusta recibir balas ni ver como arden los frutos de su trabajo en las llamas enfurecidas. No obstante, es necesario encontrar la fuerza para ver las heridas y relevar, sólo así se sana.

Al final, lo que todos queremos, lo que la gente de buena voluntad que habita en nuestra tierra anhela, es despedir a los nuestros en las mañanas para que lleven a cabo sus actividades diarias en santa paz y que regresen por la tarde a casa a encontrar descanso y calor de hogar.

 

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