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  • Como una cruz de fuego la memoria

  • “Toda la vida” es una lección para construir detalles, personajes, entornos

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  • Luego de la catártica “Adiós a los padres” (Random House, 2014), Héctor Aguilar Camín retorna con su siempre logrado tono escritural al mundo de la ficción plena. Lo hace con “Toda la vida”, una novela breve por su número de páginas –134— intensa por su trama, pedagógica por sus pistas sobre el cómo de una novela y demoledora por su final.

    Sobre el bastidor del velorio de un no-amigo –Olivares— pero a instancias de otro que sí lo es –Felo Fernández— Serrano, narrador de esta historia, dibuja los primeros trazos de un simbolismo literario solo comparable con el Guernica. “Toda la vida” es, entonces, un llamado expreso a volver los ojos a una época monolítica bajo la cual crecían las inconformidades que terminarían definiendo la época posterior; si Guernica queda en ruinas luego de los bombardeos de la guerra civil española y la devastación que deja el fin de la guerra, “Toda la vida” narra el auge y la caída de un periodo lo mismo colectivo y personal donde confluyen tanto en el auge como en la caída, los sueños, las pasiones, las debilidades de una generación que en los años setentas verá crecer y morir lo mejor de sí en medio del caos citadino; la violencia institucionalizada bajo el disfraz de la profilaxis social y la propia efervescencia nacional con sus ritos seculares, sus asombros diarios, su locura y sus excesos.

    Como un huracán que alcanza su mayor fuerza destructiva en horas y no cesa, Liliana Montoya centraliza en el eje mayor de su hermosura –ojo de un huracán que bien podría llevar su nombre— deslaves, vientos e inundaciones que Serrano soportará estoicamente en aras de esa suerte de amores fundados en confesiones rotundas, violentas, que no por venir nimbadas por la ebriedad dejan de ser ciertas y por ende peligrosas incluso en aquello que de balandronada parecieran tener. Así Liliana, rotunda, devastadora, violenta y violentada, una seductora seducida, víctima y creadora de su propio canto del cisne; sonido melodioso que preludia el final de una era.

    Teodora, la hermana de Liliana, es, antes que huracán devastador, un viento suave que pareciera de Levante; un breve ánimo insurrecto que imperceptiblemente –y este es uno de los muchos méritos de la novela— crece, crece, crece…brutal e incontrolable; una bestia eólica que desmonta trabes, tira puertas, desencaja ventanas al punto de dejar sin asidero a nadie.

    El choque entre hermanas, sensual una, manipuladora la otra, Serrano en medio y a la intemperie ya no de solo de las dos mujeres, sino de las fuerzas que de manera directa o colateral desencadenan casi al punto de la propia tragedia a Serrano, carne de hospital y casi de muerte; tan logrado en su tragedia como personaje de la mano de Aguilar Camín del mismo modo que la devastación interior de Liliana se opone a su propia belleza, prolija y desmesurada, tanto como la perversa vocación de Teodora toca de lleno a Liliana y a Serrano, mientras Teodora viaja envuelta en el halo protector de una vida, una casa, un marido exitoso y un hijo que pareciera redimirla de la caída en el envenenado río de su voluntad profética, instigadora, falaz, mortal.

    En el vigoroso ensayo que Carlos Fuentes dedica a “La guerra de Galio” novela epónima del opus caminiano, en “Geografía de la novela” (p. 89) Fuentes advierte algo que con los años se ha vuelto pieza de convicción, probanza plena. Escribe entonces el autor de “Gringo viejo”: “Atribuyo a Héctor Aguilar Camín, uno de los más inteligentes escritores de la generación –veinte años menos— que sigue a la mía, talento de sobra…”. Talento que, no está de más decirlo, fluye vertiginoso desde “Morir en el golfo” hasta “Toda la vida”.

    Tampoco está de más aventurar, acaso intuitivamente, un por qué: “Toda la vida” es una lección para construir detalles, personajes, entornos. Al azar entre otras muchas posibilidades que requerirían el demorado tiempo de un ensayo reflexivo –marco teórico incluido y nota al pie— y para el que no estoy dotado, cito en extenso: “Le dicen el Pato Vértiz porque camina como pato y tiene boca de pato, pero es lo único que de pato tiene. Lo demás es de lagartija y de cocodrilo… Reina sobre la facultad de derecho como un dios invisible. Es maestro de ciencias penales pero en realidad es el dueño de la facultad, la eminencia gris de las algaradas estudiantiles, el alquimista de las elecciones de la sociedad de alumnos…Adivina al adulto sin escrúpulos en el joven disoluto, y las llamas paralelas de la ambición y la venalidad en la desfachatez con que las estudiantes de nuevo ingreso portan o no su minifalda. Podría ser un novelita omnisciente si no fuera de corazón un corruptor, un manipulador y un policía. Huele a Liliana Montoya desde el primer contacto, al primer atisbo de sus piernas altas, su mirada alerta, su risa ordinaria, capaz de encender cualquier oído” (p. 11). Y así como este ejemplo muchos, lecciones indispensables ya para quien aspira a narrar.

    “Toda la vida” andará en las semanas siguientes su propio camino; su viaje, como en el poema de Efraín Bartolomé, irá y vendrá por Liliana Montoya: “…Con cada fibra muscular bebí tu cuerpo/Fui por el túnel del deslumbramiento/como el que va cayendo en sueños” pues en la ficción, la poesía y la realidad, nadie se salva de cruzar su Rubicón, travesía que a veces puede durar “Toda la vida”. ¿Verdad Serrano? (Héctor Aguilar Camín, “Toda la vida”, Random House, México, 2016, 134 pp).

    SSM

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