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  • Cecilia Durán Mena
  • Colibríes

  • Huitzilopochtli, el dios de la guerra, decidió hacerse presente en la figura de los colibríes

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  • Dicen los más antiguos que las almas de los guerreros que cayeron en el campo de batalla bajan a la tierra en forma de colibríes para traer mensajes de paz a los que siguen vivos. Cuentan que el dios de la guerra, Huitzilopochtli, decidió hacerse presente en la figura de los colibríes. La diosa de fertilidad, Coatlicue, vestida con la de la falda de serpientes, al estar barriendo el templo de Coatepec en la montaña de la culebra, encontró unas hermosas plumas de colibrí que resguardó en su seno, y con ello quedó embarazada.

    El bebé que se alojó en su vientre era nada menos Huitzilopochtli, el dios guerrero. Coyolxauhqui, su otra hija, llena de rencor una presunta deshonra —se desconocía el padre de la criatura— planeaba la muerte de su madre. El dios bebé hablaba a su madre desde el seno con palabras tranquilizadoras, advirtiendo que él mismo la defendería. Efectivamente, Huitzilopochtli nació y llegó equipado con una armadura, un escudo de águila, una sandalia de plumas de colibrí en el pie izquierdo y una xiuhcoatl —serpiente de fuego— en el pie derecho, para defenderse. Con las llamas de la víbora, cortó la cabeza de su hermana y venció a sus 400 hermanos. Luego lanzó al aire la cabeza de la Coyolxauhqui, que se convirtió en la luna. Es una hermosa metáfora sobre el renacimiento y muerte de la luna cada mes y una forma de rememorar los ciclos de violencia y paz.

    La historia que se narra desde antiguo se repite en territorio oaxaqueño, una vez más. Los hijos de Huitzilopochtli tenemos alma guerrera, somos soldados que esta tierra dio y estamos prontos al grito de guerra. Aprestamos el acero y que retiemble en sus centros la tierra a cañonazos, si es preciso. Juramos a la Patria exhalar hasta el último aliento y no nos echamos para atrás si nos convocan a lidiar con valor. Y, sí, ya tenemos para ellos muchos sepulcros de honor. La tierra mexicana se ha convertido en un camposanto interminable.

    La guerra tiene sus cantos de batalla.

    El colibrí aletea, mueve sus alas rápidamente y en ocasiones parece que está suspendido en el aire. De la impresión que nos mira y quiere decirnos algo. En la tradición de los antiguos encontramos respuestas: dicen que cuando los dioses crearon todas las cosas, notaron que aún faltaba un encargado de llevar sus deseos y pensamientos al mundo. Necesitaban a alguien que le hablara al corazón del hombre y que lo hiciera con verdad. Entonces, tomaron una flecha muy pequeña, soplaron sobre ella, y la echaron al viento. La saeta voló y cobró vida para convertirse en colibrí.

    Para los originales de estas tierras los colibríes son los mensajeros que entregan las buenas inclinaciones de otros hombres. Son los intermediarios que pueden instilar la voluntad del cielo y las mejores intenciones en las conciencias del Hombre. Son mensajeros tan poderosos que pueden cruzar los umbrales que separan a los vivos y a los muertos. Son enviados tan sabios que susurran los deseos de paz.

    En estos momentos, cuando la violencia ha tomado el lugar protagónico en la escena de Oaxaca, cuando la razón se nubla y los motivos para alzar las manos unos contra otros parecen más contundentes que las que nos llevarían a guardar la calma, la serenidad del aleteo del colibrí nos llega como la metáfora de identidad y el propósito de camino. Allá, en el otro lado, en el hueco del Mictán, están los que cayeron en la batalla. En las alas del colibrí vienen enredadas las palabras de esos guerreros y según cuenta la leyenda, las intenciones del mensajero son de conseguir la paz. Los dioses los envían esperanzados de que logremos prestarles atención.

    El colibrí, pequeño pajarito, es un héroe intercesor que salva a la Humanidad de la calamidad de la guerra. Ahuyenta el hambre, combate la peste, espanta al odio, abate al rencor. Se convierte en un mediador que con su pico tan largo interviene con el dios germinal y siembra vida y fertiliza el crecimiento.

    Las palabras de los antiguos nos advierten de la identidad guerrera, del temperamento fuerte que debemos dominar y nos aconsejan atenernos al aleteo del Huitzil —colibrí— que viene con recados virtuosos que buscan encontrar la paz en donde hay guerra.

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