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  • Existe en Occidente una predisposición fuerte hacia las cicatrices: se les ve como marcas que remiten indistintamente al dolor, que irrumpen con la estética original ―y mal entendida― de la forma. Se les ve como rastros del demacre, de la imperfección, como rasgaduras incómodas e indeseables ―pero no como símbolos del tiempo. En la orfebrería milenaria japonesa no es tanto así: se reconoce el valor histórico y temporal que tiene una artesanía si está rota, pues los rastros del accidente forman parte de la vida del objeto, que no termina si se estrelló contra el piso.

    Cuando una pieza de cerámica u orfebrería se quiebra, no se desprecia ni se inutiliza. De acuerdo con la tradición japonesa, las líneas que se producen con los impactos que pueda tener un objeto sirven únicamente como referente a un episodio de su transcurrir en el tiempo: no porque se haya caído quiere decir que dejó de ser útil. Es por esto que, a partir de los golpes accidentales de la cotidianeidad, se desarrolló toda una técnica para unir las grietas, para recuperar el uso, para reutilizar y embellecer: para reparar.

    Kintsugi quiere decir «reparación de oro». Se tiene el nombre del barniz de resina que se mezcla con polvo de oro, plata o platina que se utiliza para pegar los pedazos desprendidos. De esta manera, no únicamente se recupera la estructura de la pieza, sino que se le da un lugar especial al momento del impacto: fuerza a partir de la fragilidad, belleza en los errores, estabilidad desde los errores pasados. El producto de este esfuerzo es una pieza renovada, que no trata de ocultar su pasado, sino que se engrandece desde él.

    Esto no nada más nos habla de un valor estético agregado a la pieza ―ahora arreglada―, sino que denota una capacidad de recuperar a partir de lo pasado y lo bello. Para esta práctica, no es necesario adquirir una pieza nueva que reemplace la que ya no sirve. Al contrario, se hace asume el error y se arregla, dejando que ese momento del tiempo se realce desde el arte. Se encuentra un valor alternativo en canalizar con metales preciosos las llagas de una obra que perdió su estructura, pero que, también, pudo recuperarla a partir del trabajo.

    Esta técnica muestra, además, una característica interesante de la cultura japonesa, que se disipa para otras partes del mundo con la necesidad compulsiva de tener cosas que la época nos ha conferido. Los canales de oro que los japoneses otorgan a una pieza caída nos muestran el valor de lo recuperado a través del esfuerzo y del arte: esa conjunción magnífica que apela a la característica distintiva que diferencia al ser humano de los demás animales, que nos hace evolucionar y que nos da identidad: la creatividad. Y la creatividad que soluciona, que aprecia y que apela al sentido estético: esa parte inclusiva que asume un error, y lo limpia con algo superior, trascendente y trabajado ―canales de oro que unen grietas de cerámica.

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