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  • Andrea Fischer
  • Burkini

  • El burkini, una tendencia en el Mediterráneo libanés

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  • En el siglo de la libertad y la expresión, resulta para Occidente una falla terrible el hecho de que una mujer lleve velo sobre el rostro. Le es insufrible, insuperable: una falta absoluta a la decisión de las mujeres, y una exclamación más del machismo que no termina de ser del otro lado del mundo. Nunca se cuestiona si esto es realmente una feminidad mal entendida, si se trata de una concepción impositiva occidental, o si es una marca profunda más de los cánones estrictos y absurdos que se quieren ver reflejados en donde sea.

    En las playas de Líbano se piensa diferente. Se ha superado ya el debate del velo, y el Mediterráneo libanés conoce todo tipo de trajes de baño: bikinis, micro-bikinis, y burkinis ―la versión acuática de la prenda islámica por excelencia. Las mujeres jóvenes que deciden ir a visitar el mar con sus familias pueden ya tener la libertad de disfrutar de la costa con esta prenda, que no únicamente está permitida, sino que se ha puesto de moda ―y más que nada, que quieren usar. Las mujeres libanesas no permiten ya que los cánones que se dictan más allá del mar rijan lo que usan o no durante su tiempo en la playa: deciden hacer una oposición discreta y efectiva contra los estándares de belleza establecidos en otros medios, y se apropian de su decisión a través de su vestimenta playera.

    El burkini sonó tanto entre la comunidad árabe, que marcas como Nike y Adidas lanzaron una línea específica con diseños destinados para mujeres musulmanas. Sin embargo, no fueron bien recibidos: eran demasiado caros, y desvirtuaban el espíritu original del movimiento de la comunidad femenina. Las mujeres libanesas decidieron deslindarse de una vez del miedo mal entendido por Occidente, y no piensan permitir que se haga una intromisión por parte de las grandes marcas norteamericanas. Si bien es cierto que se puede entender este lanzamiento como una manifestación inclusiva, lo cierto es que también podría parecer una manera de succionar un mercado más.

    A pesar de esto, las libanesas marcan distancia con discreción: en lugar de usar los burkinis comerciales ―de marca―, se hacen los suyos propios, con mallas modestas y camisetas de manga larga. Tal vez un burkini de 100 euros no valga tanto la pena. Lo que sí importa es la transformación de la ideología, y la aceptación de ideales que quieren seguirse por convicción propia. El burkini es un manifiesto de una feminidad de otra cultura, que le es originaria a las mujeres que deciden usarlo, y que además, no permiten que se les venda algo que no es, que se les identifique mal por ser distintas, ni que se les impongan creencias que no les pertenecen, que les son ajenas.

    Se entrevistó a varias de ellas directamente en la playa por parte de El País, pero las palabras de Sana, una empresaria de cincuenta y ocho años, recopilan la esencia unificadora que el burkini representa:

    “Yo creo en Dios pero nunca me velé. Sin embargo, tanto mi hermana como mi nuera decidieron ponerse el velo desde los quince años. Es una elección personal que ha de tomar toda musulmana.”

    Y así han de perpetuarse las decisiones de las mujeres convencidas de sí mismas, que hacen su identidad a partir de ellas mismas, que no se definen por los medios ―que, en fin, hacen lo que se les da la gana, por ellas.

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