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Bajo la sombra del ciprés

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Que no se trabe mi lengua ni me falte la palabra… José Hernández, “Martín Fierro”.
09 de Junio 2016
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Hacia la séptima década del siglo XX, a punto de franquear los setenta años, Jorge Luis Borges se había convertido acaso contra su voluntad en el escritor que a su alrededor concitaba una admiración que había trascendido ya las fronteras de su país. El destino que para él había sido diseñado desde la infancia y preconizado a hora temprana por el poeta Evaristo Carriego, se cumplía de modo indefectible.

En su “Ensayo autobiográfico” fechado en 1970 [An Autobiographical Essay] Borges señala, al hablar de su madre, Leonor Acevedo: “Fue ella, aunque tardé en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria”. Más adelante, en el mismo ensayo, advierte, rememorando a su padre: “Desde mi niñez, cuando le sobrevino la ceguera, se consideraba de manera tácita que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi padre. Era algo que se daba por descontado (y esas convicciones son más importantes que las cosas que meramente se dicen). Se esperaba que yo fuera escritor”. Y reitera, siempre en relación a su padre: “antes de morir, me dijo que le gustaría mucho que yo reescribiera la novela [se refiere a “El caudillo”] de una manera sencilla, sacando todos los pasajes grandilocuentes y floridos”.

Como se sabe, meses antes que la Primera Guerra Mundial envolviera a Europa, la familia Borges-Acevedo zarpó del puerto de Buenos Aires a bordo del buque Sierra Nevada.

El objetivo del viaje transcontinental era que Jorge Guillermo Borges, abogado, esposo de Leonor Acevedo Suárez y padre de Jorge Luis y Norah, recibiera un tratamiento contra las deficiencias oculares que le aquejaban al punto que el ejercicio de su magistratura jurisprudencial eras ya un martirio.

Establecidos en Madrid tiempo después de su llegada a Europa, Borges conoció a Rafael Cansinos Assens, de quien “Todavía me gusta considerarme su discípulo. Había venido de Sevilla, donde estudió para sacerdote hasta que al descubrir que su apellido figuraba en los archivos de la Inquisición decidió que era judío… Era un hombre alto que tenía un desprecio andaluz por todo lo castellano. Lo más notable era que vivía exclusivamente para la literatura, sin pensar en el dinero o la fama. Excelente poeta, escribió un libro de salmos eróticos titulado El candelabro de los siete brazos, publicado en 1915. También escribió novelas, cuentos y ensayos, y cuando lo conocí presidía un grupo literario… Todos los sábados iba al Café Colonial, donde nos reuníamos a medianoche, y la conversación duraba hasta el alba… [En las reuniones] Cansinos proponía un tema: La Metáfora, El Verso Libre, Las Formas Tradicionales de la Poesía, La Poesía Narrativa, El Adjetivo, El Verbo”.

De alguna u otra forma, el magisterio de Cansinos Assens, acompañó a Borges de forma casi permanente tal y como puede desprenderse de una lectura a vuela vista de los contenidos de: Arte poética que reúne las conferencias que en el otoño de 1967 dictó en Harvard en el marco de la cátedra de poesía Charles Eliot Norton y más conocidas como Norton Lectures; en Borges, oral –editado en 1979— integrado por un conjunto de conferencias dictadas en la Universidad de Belgrano en 1978 y la compilación titulada El aprendizaje del escritor, editada en México bajo el sello de Lumen este 2016 y que unifican en un solo tomo Norman Thomas de Giovanni, Daniel Halpern y Franck MacShane.

La lectura de su “Ensayo autobiográfico” puede mostrar al lector y deleitar al experto que se proponga la hipótesis de hasta qué punto los diversos prólogos a su obra poética son una suerte de primera versión del “Ensayo…” que a su vez puede ser leído como una forma de sistematización de aquéllos. En ese sentido es muy probable que Borges haya tenido una clara idea de la recurrencia temática como elemento creativo que al mejorarse una y otra vez entrega una nueva y mejor obra. Se trata, y Borges lo sabía bien, de sembrar nuevos hallazgos siempre deslumbrantes, permanencias en continua mutación a la par que preocupaciones temáticas permanentes.

Lo plantea con inobjetable calidad en El Aleph pues en su lectura coexisten como novedad permanente, como una sorpresa cerrada y siempre por venir eternas vertientes de asombro. Una es El Aleph mismo, “donde todos los lugares son y pueden ser vistos simultáneamente”, dice Carlos Fuentes en Borges, la plata del rio; y a la vez, como escribe Borges mismo, “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos…ese objeto secreto y conjetural… que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

Otra vertiente es la idea de El Aleph como espacio donde coexisten lo mismo Beatriz Viterbo, que es la Beatriz de Dante, que es también Estela Canto y el descenso al sótano, estación del infierno de Borges que es Dante y donde yace El Aleph, ese espacio de transfiguración del espacio de ese otro Borges que es a la vez Borges y es otro.

El Borges que escribe “Beatriz, soy yo, soy Borges”, como si al inequívoco conjuro de ese nombre y no al de Estela, ese “punto del espacio que contiene todos los puntos”, pudiera ser uno y todos y Beatriz y Estela fueran una y las dos el “incomprensible universo” de la mujer de El Aleph, que es Beatriz Viterbo y a la vez Estela Canto, ese punto que alguna vez contuvo, para Borges, todos los puntos: “el inconcebible universo”.

En el poema “Todos los ayeres, un sueño”, Borges escribe: “El pasado es arcilla que el presente/labra a su antojo. Interminablemente”. El poema proviene de “Los conjurados” y data de 1985. Se trata de un libro cuyo prologo fue dictado en Ginebra –“una de mis patrias” la llama el autor—, en los albores de aquel año: enero nueve.

En ese mismo libro que comprende unas cuarenta composiciones tal y como en el prólogo ya aludido puede leerse, se encuentra “Las hojas del ciprés”. De uno de los párrafos finales he tomado la necesaria idea para nombrar este Anaquel: “Bajo la sombra del ciprés”.

Este 14 de junio, Jorge Luis Borges cumple 30 años de haberse hecho a la inmensidad del mar. Con estos infolios carentes de estética y valor literario alguno, le recordamos. Quieran los ubicuos lectores ser indulgentes con este texto. En otro momento Borges nos regalará una nueva sorpresa cerrada y siempre por venir, que eso y no otra cosa son los libros.

Debo decir que ya desde el lejano 1978 ha sido así. Esta semblanza genérica y desordenada pretende una sencilla evocación de Borges. En la memoria, los recuerdos mejoran con el tiempo. Los hechos, ésos que el tiempo transforma en recuerdos, contienen los defectos y las virtudes que el tiempo no podrá mellar; habitan en la dureza del núcleo que los mantiene vivos, al acecho. Toca a la memoria mejorarlos de manera total e inesperada Al recordarlo así puedo hacer mía esta cita de Modiano: “Aquella noche me sentí ligero por primera vez en la vida”. Era 1978 y había descubierto a Borges del mismo modo que alguna vez Borges descubrió a Kipling o Stevenson. Borges, para fortuna de todos, se hizo escritor y para mi fortuna me hice su lector: “Suyo es lo que perdura en la memoria/del tiempo secular. Nuestra la escoria”.

 

[Aviso: Con este Anaquel cerramos el primer semestre de 2016. Esta columna y su autor, se toman unas inmerecidas pero necesarias vacaciones llenas de buen fútbol en algún punto del universo. El Anaquel volverá con ustedes a través de Capital Oaxaca el primer jueves de julio].

 

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