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  • Andrea Fischer
  • ¿Así me tengo que vestir?

  • Y luego está la mujer, que tiene que cuestionarse si esa falda es sugerente, o si el escote que lleva es atrevido, o si esa blusa de tirantes insinúa qué.

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  • A todas ellas, agradecida

    En México se habla de igualdad de oportunidades y se publicitan campañas en favor de la mujer. También se alzan movimientos anti-corrupción auspiciados por el Gobierno, pero todo se olvida más allá de las grandes difusoras: después de las pantallas, nunca pasa nada. Seguimos sin saber con certeza qué sucede en las oficinas. Todavía no se esclarecen asuntos que llevan resonando ya años, y lo único que queda es eso: ecos irresolutos. Y luego está la mujer, que tiene que cuestionarse si esa falda es sugerente, o si el escote que lleva es atrevido, o si esa blusa de tirantes insinúa qué.

    Y entonces, aparecen mujeres con burka en el metro de la Ciudad de México. Van cubiertas como por un velo intransigente que les esconde todo el cuerpo: no se adivina una silueta femenina después de la tela. Es una caída uniforme de un manto negro, y nada más. Sólo se les ven los ojos, pero con eso es suficiente: la expresión está ahí. Están las marcas, están los dolores de otras. Están los forcejeos, están los gritos al aire. Están las torturadas, las asesinadas, las familias rotas. Pero también están las nalgadas y los roces indeseados: están los corajes contenidos, que bajo el velo machista que ciega a México, se entiende como una exageración.

    Entre la caravana de mujeres con burka resuenan los nombres de las desaparecidas Caminan con ellas también todas las que no tuvieron nombre en los medios, pero que ya no pueden sentarse a comer con sus seres queridos. Detrás de las burkas negras están las llagas universales de una minoría que no debería de existir: no por su sexo, sino por los prejuicios que se han creado alrededor de ella. Porque es cierto: las mujeres somos minoría no porque seamos menos en número, sino porque somos menos ante los ojos de otro grupo dominante. Somos publicidad, somos divertimento, somos inutilidad y somos objeto de placer bajo la mirada castrante de una sociedad que todavía no sabe definir lo que es equidad.

    Con esta idea marcharon miles en el metro de la Ciudad de México: y en ellas hay metáfora y acción. Metáfora en marchar desde abajo para salir al exterior: trabajar desde el subterráneo para causar impactos que resuenen arriba. Y es acción también, en tanto que decidieron que las vías públicas de transporte son de todos, pero sus cuerpos no. Se movieron en un espacio que puede usar quien quiera para dar a entender que a ellas no.

    No necesitaron escándalo: el silencio les pareció mejor estrategia. Solamente cargaban letreros: ¿Así me tengo que vestir para que me respetes? Protestaron sin despegar los labios, como tantas otras tuvieron que padecer antes que ellas. En sus miradas hay hartazgo, dolor, cansancio: los estigmas del pasado que se promulgan como anacrónicos y prevalecen como dogmas incuestionables. Recorrieron las venas de la capital con un tipo de sangre diferente: con ganas de cambio, pero también, contra corriente.

    Y yo les respondo: no, no tienen que vestirse así. La burka no debería de ser el límite: ya está sobreentendida. Debería estarlo.

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