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  • HORARIO DE VERANO
  • Andrea Fischer
  • Aprovechamientos de luz

  • A los que pueden ver más allá de la noche

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  • Se supone que el cambio de horario está pensado en términos de un mejor aprovechamiento de la luz del día: una solución sustentable que nos permite trabajar con un uso más óptimo de lo que la energía solar nos ofrece, una opción alternativa para exprimir mejor la potencia luminosa del sol ―y tal vez, también, para acercar los tiempos de Nueva York con los del resto del mundo. Así es: las dinámicas de las decisiones que se toman en torno a la capacidad de trabajo y su relación con la luz resultan interesantes. Más aún si la gente se fija más en cuántas horas de más duerme, o cuántas de sueño le faltan.

    Sin embargo, no nos queda más que apegarnos a la versión oficial: se trata de una iniciativa iniciada en el siglo XX para propiciar el ahorro de energía eléctrica, dado el comportamiento del trazo que hace el sol en el cielo dependiendo de la época del año. Entendiendo que en otoño es uno y en verano es otro, es casi natural pensar en que podría un beneficio si los tiempos se recorren o aplazan una hora, respectivamente. A pesar de esto, siempre es cuestionable el impacto real que una hora de diferencia puede traer, particularmente, si se considera lo siguiente.

    En Myanmar, al Este de la India, el ocaso marca el fin absoluto de las actividades humanas. En muchas ciudades dejadas del avance tecnológico que preferimos pensar como universal, la luz eléctrica es ciertamente un privilegio codiciado. Dada la precariedad de recursos eléctricos, las comunidades de este tipo de poblados han optado, a falta de infraestructura, por abandonar sus quehaceres cuando la luz natural se apaga. No faltó demasiado tiempo para que National Geographic fuese a documentar lo que sucedía ―y sigue sucediendo― en ciertas regiones del país. Con el equipo de investigación, el fotógrafo español Rubén Salgado se dio cuenta de que los pocos poblados que contaban con paneles solares eran radicalmente distintos a los que no tenían acceso a ellos.

    Las vías de comunicación eran evidentemente mucho mejores, los niños podían continuar con sus deberes hasta entrada la noche, y la gente tenía un espacio de convivencia después del trabajo mucho más ameno cuando tenían la posibilidad de prender la luz después del atardecer.

    La iluminación es en efecto definitiva para el desarrollo de las comunidades. Si bien es cierto que en estos pequeños poblados no se cuenta con otros lujos, es interesante la manera en la que lograron salir adelante de una ecológica, práctica y útil. No tuvieron que cuestionarse si una hora más les traería más o menos tiempo de trabajo, o si tendrían que sacrificar cuánto tiempo de sueño por el cambio de horario.

    A partir del ejemplo de estos poblados, Salgado propuso un crowdfunding con el auspicio de la revista, y ha tenido una gran recepción por parte de las masas. Desde su primer viaje hasta hoy, 450 familias más cuentan con iluminación doméstica. Casi no fue necesaria la intervención del gobierno para que el proyecto pudiese llevarse a cabo ―ni la intervención necia de cambios de horario que, a veces, parecen más bien antinaturales.

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