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  • Cecilia Durán Mena
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  • Ya estamos un poco mareados. Desde el martes pasado, nos lanzan amenazas que nos dejan con las manos temblorosas, las lágrimas entre las pestañas y los dientes rechinando. La voz estridente de un vengador de sangre truena para anunciar separaciones, límites, vallas, muros, en fin, separación. A gritos se lanzan palabras de maldad elegidas con el mismo cuidado con el que un niño berrinchudo hace pataletas para asustar a su entorno. Como si fuera un escuincle maleducado, muestra amenazante una mano llena de piedras que está dispuesto a lanzar a aquellos que no sean iguales a él. Está muerto de miedo, sólo así se explica tanta ofensa gratuita, tanto desprecio irracional, tanta tontería. La ley del Holocausto quiere regresar, aunque me temo que siempre ha estado presente, oculta en un rincón, pero activa y vigilante.

    No nos quieren y eso no es una novedad. Hablan de muros y vallas como si la libertad de tránsito para personas y mercancías fuera una realidad, jamás lo ha sido.

    Entre las fronteras que separan a Latinoamérica de Estados Unidos, siempre ha habido un cerco. En la división entre Tijuana y San Diego, uno de los límites fronterizos más cruzados del mundo, hay un muro gris que aparece y desaparece como una muestra inexorable de la amistad entre dos pueblos. Mientras las banderas tricolores y de barras y estrellas ondean impulsadas por el mismo viento, cada una en su respectivo lado, el letrero que dice Welcome to the United States, parece una buena broma.

    El muro de la tortilla emerge de las olas del mar y corre a lo largo de kilómetros que parecen no tener fin. Llanos y montes divididos por una separación peligrosa. En algunos segmentos, del lado mexicano, cuelgan un número infinito de cruces de madera, unas más viejas que otras, con nombres de personas que quedaron ahí, víctimas de una descarga fulminante de electricidad. Sólo de este lado se les recuerda. No pasarán, son las palabras que antes no se pronunciaban abiertamente y hoy salen de una boca en forma de holán y que representa a un grupo de gente que tiene un fuerte resentimiento y un gran rechazo a quienes no son idénticos a ellos.

    ¿Así que, cuál amenaza? No hay novedad, el muro lleva muchos años ahí, dejándonos claro que no podemos pasar, pero seguimos pasando.

    El sueño americano de los que buscan traspasar esa frontera tan bloqueada es encontrar trabajo, el de los que están allá es conseguir quien les haga el trabajo bien y más barato. La pesadilla de la deportación llega para ambos lados: ¿quién se hará cargo de sus jardines, de sus hijos, de sus viejos, de sus campos y de todo lo que ellos no quieren o no saben hacer? Amenazar es un arma efectiva, no hay duda, pero tiene doble filo: corta a las víctimas y a los victimarios.

    Dicen que perro que ladra no muerde, pero a este se le ven los colmillos muy largos.

    También dicen que cuando un perro va a morder, no avisa. Pasa del gruñido al ataque para no dar oportunidad a su víctima de reaccionar. Así lo hizo Bill Clinton que, sin tanto ruido, con cara amable y siempre sonriente, mandó construir un muro que constituye una de las grandes incongruencias de la Humanidad. La hipocresía se hace a un lado.

    Los norteamericanos que condenaron las prácticas segregacionistas en Berlín, las lágrimas que se derramaron en Checkpoint Charlie, eran de cocodrilo, ¿o será que los aires en Europa son diferentes en América? Perdió Hillary Clinton que no fue votada por muchos latinos, porque no encontraron congruencia en sus palabras, sus procederes no la apadrinaron. ¿O, dónde andaba ella cuando se edificó esta sinrazón?

    Las amenazas de Trump no son más que la afirmación de frente de lo que antes se decía por lo bajo. No es agradable escuchar palabras ofensivas ni tonos destemplados que hablan en contra de uno. Pero, es peor enterarte de que tu mejor amigo, tu socio comercial más importante, dice una cosa y hace otra. Caretas fuera, nosotros tampoco somos tan inocentes, al contrario.

    Siempre nos hemos referido a ellos como gringos, nos parecen sosos, torpes y demasiado pálidos. Sabemos que son incultos, que no tienen raíces y que les gustan las drogas y las armas.

    Lo mejor en estos tiempos es aprender a entenderlos. Para contrarrestar el mareo, hay que bajar los pies y asentarlos bien en el suelo. Si analizamos bien las cosas, no hay grandes cambios en el asunto, además no estamos solos. No somos los únicos en el mundo que sentimos antipatía y disgusto por tanta gansada. En ello, tenemos compañía, el mundo y algunos de sus compatriotas se sienten igual.

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