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  • Andrea Fischer
  • Aceras transfuncionales

  • La ciudad de Boston ha empleado una manera original de materializar la transfuncionalidad

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  • A mi hermana, agradecida

    Hablemos de transfuncionalidad: se trata de un concepto deconstructivo en el que se prescinde de la función original de algún objeto para otorgarle un uso alternativo. Deconstructivo, no necesariamente porque se desintegre el objeto como tal, sino que se hace a un lado la intención que se le dio en un principio para buscar otra que pueda cumplir otro propósito. Es entonces que se permiten panoramas diferentes a partir de elementos que ya existen, y que pueden aplicarse desde una perspectiva diferente.

    La ciudad de Boston aplicó este concepto para llevar arte a la gente: encontraron un elemento común a la expresión literaria entre sus escritores más destacados, y se dieron cuenta de que la poesía podría ser un medio viable de conexión entre la producción cultural local y los transeúntes distraídos. Sin embargo, no siguieron la filosofía colosal y vistosa que caracteriza a muchas otras ciudades de Estados Unidos. Se trata más bien de algo discreto: ecos resonantes de elementos virtuosos dentro de la sociedad norteamericana, que finalmente es su producción literaria.

    El gobierno decidió, entonces, grabar en las aceras fragmentos de poesía secreta: textos que únicamente son visibles al contacto con agua, y que tienden a desaparecer por la naturaleza biodegradable de la tinta con la que se imprimen en las calles. Decidieron llamar a este movimiento Raining poetry, que hace referencia a la intención original del concepto: la idea era que las citas apareciesen únicamente en temporadas de lluvia, cuando todo el piso está mojado, para que, de esta manera, pudiesen apreciarse mejor.

    Es así como Langston Hughes, Sylvia Plath y otros poetas del siglo XX se materializan en las esquinas de la ciudad. Basta que el agua corra para que aparezcan sus textos, como vaho que se despliega sobre la superficie fría de una ventana por la mañana al contacto con la exhalación de un tercero. Son palabras desperdigadas en los rincones del puerto: presentes, tanto como el susurro de las olas más allá de la línea de costa, pero dinámicas, como la marea que se estrella contra la arena. Y es en esta presencia dinámica y silenciosa que está la metáfora: el arte es cambiante, y está ahí para crear un impacto en el espectador. Todo lo que suceda después realmente no interesa: es el instante en el que se recibe el estímulo, y lo que se mueve dentro, inevitablemente.

    Y en este mismo carácter dinámico es que esta biblioteca pasajera se irá alimentando: el objetivo es que no se queden como graffitis en el suelo, sino que puedan cambiarse con cierta periodicidad, sin que desaparezcan por completo. Serán ciclos: Dickison hará aparición en algún momento, y Whitman le sucederá por algún otro ―o Cummings, quien se presente primero. Es así como Raining poetry es una idea limpia y autosustentable, que recae en el interés genuino de la gente por contribuir al desarrollo cultural de la ciudad, pero también a ese sentido de discreción: no se necesitan alaridos para llevar a cabo un cambio.

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